En 2024 se realizó un Congreso Mundial de Gerontología y hubo una palabra que se repitió en todas y cada una de las ponencias: edadismo. Era significativo escucharla de representantes de sociedades absolutamente diferentes. Sin embargo, el tema atravesaba a todos.
¿Qué es el edadismo? Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), es la discriminación por edad, que incluye estereotipos (cómo pensamos), prejuicios (cómo nos sentimos) y discriminación (cómo actuamos) hacia las personas basándose en su edad. La OMS advierte que puede perjudicar la salud y el bienestar de las personas.
El edadismo se manifiesta de varias maneras:
- Estereotipos. Ideas preconcebidas sobre cómo son o deben ser las personas según su edad.
- Prejuicios. Sentimientos negativos hacia personas de ciertas edades.
- Discriminación. Trato desigual o injusto hacia personas debido a su edad.
La OMS destaca que el edadismo puede afectar a personas de todas las edades, no solo a las mayores, y puede tener graves consecuencias, incluyendo:
- Salud física y mental. Menor esperanza de vida, peor salud, aislamiento social y soledad, aumento del riesgo de violencia y abuso.
- Bienestar económico. Incremento de la pobreza y la inseguridad económica.
- Impacto en las políticas y servicios. Dificultad para acceder a atención médica, oportunidades de empleo y otros servicios.
En el congreso antes mencionado el representante de los países africanos compartía que en sus tribus el anciano come primero y más. Y si queda comen los más jóvenes, los niños en algunos casos deben luchar en un árbol para obtener un fruto antes que algún animalito.
Los representantes de Japón y China contaban orgullosos cómo se veneraba a los ancianos y su sabiduría. El resto de los continentes se preguntan cómo revertir esta cruel tendencia de la descalificación absoluta de una persona, sólo por su año de nacimiento.
En los adultos no tienen valor su preparación académica, expertiz o simplemente la experiencia vivida, frente a una joven simpática y bella haciendo un tik tok. No es necesario plantear cómo consiguió la información, o cite una bibliografía.
Por suerte hay jóvenes brillantes, que además con las herramientas informáticas tienen acceso a la “Biblioteca de Alejandría”, pueden acceder a investigaciones, comparar diferentes posturas y hasta luego pedir a la IA que verifique si es apócrifo. Jóvenes que lo hacen, avanzan y estudian y tenemos el orgullo de chicos campeones mundiales de Ingeniería Espacial, escuelas secundarias de Mendoza que participaron en mundiales de robótica obteniendo el segundo lugar. Y tantos logros más.
Es un orgullo mirar el futuro en manos de ellos, o del pequeño Fausto Oro que ya es maestro de ajedrez y admira el mundo. Ni hablar de deportistas, artistas, escritores que nos ponen en el mapa del mundo y nos llena de orgullo.
Creo que debemos poner en valor la valía de todos y cada uno de ellos que llegan a ese lugar por su esfuerzo y capacidad. Son el modelo a seguir.
Sin embargo, si su valor estuviera solamente en su edad pondríamos todo su esfuerzo en algo que biológicamente es dado y avanza inexorablemente.
No es justo para ellos, ni tampoco para los adultos mayores.
Ser “viejo” no da la razón a todo lo que se diga, pero ser joven, tampoco.
Que una persona dijera que se les dé “tips” para llamar la atención de los alumnos para hacerlos reflexionar, al mismo tiempo que pedían se buscara alguien joven que lo dijera porque no escucharían a “una persona que ronda los 60, para ellos ya es una abuela”. El impacto fue grande porque lo decía una muy buena persona y además preocupado porque sus alumnos aprovecharan el tema. Tuvo en cuenta la preparación de a quién le pedía ayuda por su formación, al mismo tiempo que la descalificaba por su edad.
La gente joven está impregnada de banalidad por pantallas que pasan imágenes que duran cinco segundos, llenos de color, música y belleza. Pero siguen siendo inteligentes y son los que luego de una capacitación se acercan a contar lo que les aflige y, gracias a Dios, casi siempre es una consulta por otro: amigo, hermano, familiar, a quien quieren ayudar.
Cuando ignoramos que no tenemos derecho a robarles la infancia a los niños, cada vez más corta porque los adultos no entendemos que más allá de saber usar una pantalla mucho mejor que un grande, sigue siendo un niño, les robamos la inocencia, los obligamos a elegir, no los preparamos para la vida y luego nos asustamos cuando están ansiosos, deprimidos o angustiados.
Así que al principio de la vida hemos decidido que un niño es un adulto en pequeño y en los últimos años, que hoy son quizás 20 o más, los descartamos, ya no son útiles. Esto habilita a tratarlos como ignorantes porque no manejan la tecnología, aunque quien le enseñe no sepa hacer una regla de tres simple o nunca haya leído a Chesterton. Pero edad es igual a descarte.
La Madre Teresa de Calcuta hace muchos años nos avisaba que la peor enfermedad sería la soledad. Debió agregar “sentirse invisible”.
Estamos a tiempo de valorar a esa persona mayor que nació en tiempos de grandes guerras mundiales, comunicaciones precarias y familias extensas y hoy, sin guerra, en la era de la comunicación siente que ya no es escuchado, ni se respeta su historia y a lo sumo se le da el trato de un niño.
El amor no requiere de mucho tiempo, ni grandes conversaciones; basta con abrazos, un matecito y pedirle que cuente algo que para esa persona es importante. Se llama “escucha activa” y requiere sólo de dos cosas: oreja y corazón. Si se quiere un plus un abrazo, que sin duda es la mejor terapia.
*La autora es doctora en Psicología