Durkheim, las políticas de Estado y la democracia

Nuestro país supo tener políticas de Estado. Pero ya no. En su lugar tenemos corporaciones que asaltan y colonizan el Estado y gobernantes que acumulan riqueza.

Durkheim, las políticas de Estado y la democracia

La “soberanía alimentaria” de la expropiación de la empresa Vicentin quedó en la nada. Una ambiciosa reforma judicial, largamente reclamada, nació mal y su destino es más que incierto. Este frenético lanzamiento de políticas que capotan antes de despegar no es nuevo. No tenemos políticas de Estado desde el desarrollismo de Frondizi.

¿Qué es lo que falla?

Una frase de Durkheim nos da una pista sugerente: “El Estado es el lugar en donde la sociedad reflexiona sobre si misma”.

Nos falta reflexión, y también Estado.

Émile Durkheim (1858-1917) es considerado uno de los fundadores de la sociología moderna. La reciente biografía de M. Fournier reconstruye su carrera en el ambiente académico y político de la III República francesa.

Judío, nacido en una pequeña ciudad de Lorena -anexada al Imperio alemán en 1871- desarrolló una exitosa carrera académica que culminó como profesor en la Sorbona. Sus trabajos, todos seminales, se refieren al suicidio, la anomia, la religiosidad, la división social del trabajo y las reglas del método sociológico.

Fue también un republicano militante, que participó en los combates por Dreyfus y en el áspero debate de 1905 por la separación de la Iglesia y el Estado. Desde la cátedra fundamentó la importancia de la moral y la educación cívica como cemento de la comunidad política. Republicano, judío, laicista y hasta sospechado de ser alemán, fue el blanco perfecto para la mitad de los franceses, monárquicos, católicos y chauvinistas.

Convencido republicano, vivió el desgarramiento constitutivo de esta doctrina: la dificultad de armonizar el número con la razón. El sufragio universal era un principio irrenunciable, pero Durkheim no tenía confianza en las elecciones de esas masas que había estudiado, caracterizadas por una “vida psíquica” difusa e inconstante, presa fácil de curas o demagogos.

Compartió estas preocupaciones con otros pensadores de su tiempo: Le Bon, Michels, y sobre todo Max Weber, a quien no leyó nunca. Para Durkheim el sufragio universal y las elecciones debían ser solo un elemento más en un proceso cuyo núcleo activo estaba en el Estado.

El Estado de Durkheim combina la real con lo ideal. Da por establecidos dos atributos básicos: la vigencia del gobierno de la ley y la existencia de una administración eficaz y una clase política capaz y responsable. En Francia, ambas se formaban -como hoy- en la prestigiosa Escuela Nacional de Administración.

A esta máquina solo le falta el soplo vital que le da vida y le fija el rumbo. Weber depositó su confianza en el político con convicciones, responsabilidad y carisma. Durkheim la colocó en el núcleo del Estado -administradores y gobernantes- y en su capacidad para organizar e instrumentar la reflexión social.

Ese Estado está abierto a los ciudadanos que votan y a las corporaciones que organizan los intereses sociales. Su función es promover la deliberación social. Del Estado sale la iniciativa para la discusión de los problemas, y el impulso para que circule por el Parlamento, los partidos, las organizaciones sociales, la prensa, la opinión pública.

La deliberación es necesariamente larga. Los conflictos se explicitan. Se exploran las formas de negociarlos y se formulan las opciones. Predomina una de las opiniones, pero con seguridad ha incorporado muchos elementos de la otra.

Concluido este debate -trabajoso y productivo- los resultados vuelven al Estado, que los resume y traduce en lo que suelen llamarse “políticas de Estado”. Durkheim propuso una forma de entender la democracia que abre una vía media entre el gobierno de expertos y el gobierno democrático, combinando la racionalidad, los intereses y la voluntad ciudadana.

Lo resuelto tiene lo necesario para la sustentabilidad, más allá de los cambios políticos, y también los caminos para introducir cambios que no signifiquen una vuelta atrás sino un avance progresista.

En tiempos de Durkheim, antes de que término adquiriera un sentido contrario del original, “progresismo” era un valor significativo.

¿Nos sirve para pensar la Argentina? El país supo tener políticas de Estado, buenas o malas, sobre la organización constitucional, la educación, el sufragio o la función del Estado en la economía. Hace mucho tiempo que no las hay.

En su lugar tenemos corporaciones que asaltan y colonizan el Estado y gobernantes que lo utilizan para acumular poder y riqueza. Nuestra capacidad de debatir es escasa, y el Estado real está lejos de poder ayudar a esta circulación reflexiva que propuso Durkheim.

Sus ideas nos dicen poco sobre nuestro presente, pero en cambio esbozan un horizonte y precisan el punto remoto hacia el cual deberíamos dirigirnos.

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