El cantante puertorriqueño más conocido como Bad Bunny, estampó su sello en el medio de las nuevas políticas inmigratorias que lleva adelante la gestión de Donald Trump. Con este fondo, la puesta en escena de Bad Bunny parecía subversiva, sin tener las pretensiones de serlo.
Estamos en tiempos de premiación del cine, películas, series y demás eventos del entretenimiento de las pantallas. Y como sucede muchas veces, las películas, el cine o las series, así como libros y demás materiales de la cultura miran el presente desde posiciones politizadas, porque el presente mismo es furiosamente político. A favor de ello, si ayuda a democratizar nuestra sociedad.
Pero, pero, pero…en 1997, en otra época, Titanic se alzaba como La película de la década. 14 nominaciones al Oscar, efectos especiales que ahogaban al espectador en las butacas de las salas, Leonardo Di Caprio con cara de nene, Kate Winslet; y un chorro de cosas más. Titanic, hasta hoy, sigue siendo una referencia de calidad cinematográfica y espectáculo de masas. En 1997 no existía “una batalla cultural”. Francis Fukuyama, gurú de la época, sostenía que las ideologías habían muerto y el cine, en ese escenario, entretenía. En tu cara Francis, diría una publicidad. Incluso en aquella época donde aparentemente se festejaban nuevos tiempos, el film de James Cameron mostraba las contradicciones de una sociedad excesivamente entusiasta, celebratoria de sus prodigios técnicos y condenada a vivir un cambio que no vio venir. Por decirlo en términos contemporáneos, se comieron la curva. Si estas líneas les parecen actuales o premonitorias, simple coincidencia.
A quien la vio, no se le escapa que el film está lleno de referencias a la división de clases; las jerarquías y los privilegios, como también a la solidaridad de los sectores más bajos, esperanzas y alegrías por llegar a un nuevo mundo. Ahora bien, en la historia aparece un arquetipo que respeta los rasgos gruesos de la sociedad de clases de la era industrial, sin embargo, en muchas ocasiones se pasa por alto. Existen varias denominaciones, “arribista”, “advenedizo”, en francés el “parvenu”, también puede confundirse con el “trepador”. En la historia de Cameron aparece magistralmente representada por Kate Bates; una arribista, una advenediza. El o la arribista, no aparece formalmente en los textos sociológicos porque no es un agente del sistema de producción, de fondo es una función de la vida pública de la sociedad moderna.
El término tiene un origen despectivo. Apunta a quienes lograban cierta posición económica en la naciente sociedad burguesa europea, y con esto reconocimiento público. Del otro lado, la vieja aristocracia residual de la sociedad feudal alegando sus derechos de sangre y territorio. De aquí el nombre de arribistas o advenedizos, de quienes llegaron a una posición de privilegios sin refrendar los “antiguos derechos” que le daban legitimidad frente a la sociedad. En el galardonado film este proceso es retratado con mucha inteligencia en la cena donde los personajes protagónicos y sus opuestos se encuentran. La mesa misma es el campo de batalla cultural. Kathy Bates representa a un personaje real, Margareth “Molly” Brown, una mujer norteamericana quien en sus orígenes había sido extremadamente pobre, y por un golpe de suerte (más o menos) su ex esposo logra amasar una fortuna en la minería del oro. Molly, es quien invita a la mesa a Jack, justamente mostrando la fortaleza de su nuevo estatus social frente al resto de los invitados provenientes de familias nobiliarias. Molly es una arribista, y con inteligencia sabe que el juego se trata de ganar un lugar propio frente a la aristocracia. Por eso invita a la mesa a un retratista, un artista nuevo, Jack, el personaje de Leonardo di Caprio. Este pertenece estructuralmente a los sectores bajos de la sociedad, pero suma fuerzas a los nuevos ricos, la arribista Molly, en una disputa simbólica.
De este lado del mundo, donde los privilegios de las aristocracias no lograron anclar sus propios valores, la figura del arribista suma un sentido diferente. Para nuestros ojos, e ideas, el o la arribista es quien logra superar los obstáculos de origen y logra una posición social de mayor holgura. En muchas ocasiones no se quedaba sólo en eso. Como Molly, “estiraban las manos” y ayudaban a los que estaban más abajo a subir en la escalera social.
Y llegamos al Super Bowl del 2026. Un partido de fútbol norteamericano donde en el intermedio, desde hace unas décadas, se promociona como un espectáculo aparte. De forma extraña, no tiene tarifas diferenciadoras. El show de medio tiempo de este evento deportivo tiene su propia historia. Pero dada la reivindicación inmigratoria latinoamericana de esta última presentación, vale decir que la primera artista de origen caribeño fue Gloria Estefan en 1992, repite en 1995 con Miami Sound Machine y también en 1999 entre otros artistas pop. Enrique Iglesias en el 2000, y en el 2020, el “conejo malo” compartió el escenario con Shakira y Jennifer López, J. Balvin y Emme Muñiz. La relación de este espectáculo con el mundo latino tiene un frondoso grupo de representantes. Este año le tocó a Benito Antonio Martínez Ocasio, así presentado en el famoso espectáculo. El cantante puertorriqueño más conocido como Bad Bunny, estampó su sello en el medio de las nuevas políticas inmigratorias que lleva adelante la gestión de Donald Trump. Con este fondo, la puesta en escena de Bad Bunny parecía subversiva, sin tener las pretensiones de serlo. Una expresión de las nuevas políticas performativas o declamatorias, promovidas por un nuevo grupo de nuevo ricos (neo arribistas) para mostrar el glam que puede contener la crítica, o que la crítica también puede mostrarse vestida de Zara.
* El autor es licenciado en Comunicación Social y docente.