El gobierno de Javier Milei se asemeja a un boxeador grogui que deambula por el ring. Recibió un impacto inesperado cuando parecía controlar la situación y ahora no encuentra las herramientas para reponerse.
El manual básico de la política indicaba que, en ese escenario, el presidente Milei debería buscar consensos para poder gobernar y concretar la ambiciosa agenda de reformas casi contraculturales que impulsa. Sin embargo, aplicó la estrategia del peleador callejero: arrancó la gestión dando su discurso de asunción en la calle, de espaldas al Congreso de la Nación.
El gobierno de Javier Milei se asemeja a un boxeador grogui que deambula por el ring. Recibió un impacto inesperado cuando parecía controlar la situación y ahora no encuentra las herramientas para reponerse.
Para seguir con la metáfora boxística, la administración libertaria se presentaba como un típico "fajador", esos peleadores que son puro coraje y avanzan con el poder de su pegada hacia el único objetivo de definir la contienda cuanto antes.
El problema es cuando se enfrentan a desarrollos más complejos, a estilistas que le enmarañan cada round. Cuando hace falta caminar el cuadrilátero, sacar a relucir la técnica y desarrollar una estrategia de largo aliento. Cuando con la "pegada" no alcanza.
Para colmo, en el ring side y la popular, que hasta hace minutos parecían encandilados con su rudeza, dejaron de aullar como si estuvieran en el Coliseo romano y ahora le reclaman una astucia y una elegancia de las que no ha mostrado estar dotado.
En una columna que Los Andes publicó el domingo 14 de enero del 2024 describí el escenario político que había dejado el agotador año electoral del 2023 como un Frankenstein político que alumbró un presidente en extrema debilidad en el Congreso y sin poder territorial concreto, salvo por tres intendentes en todo el país.
El manual básico de la política indicaba que, en ese escenario, el presidente Milei debería buscar consensos para poder gobernar y concretar la ambiciosa agenda de reformas casi contraculturales que impulsa. Sin embargo, aplicó la estrategia del peleador callejero: arrancó la gestión dando su discurso de asunción en la calle, de espaldas al Congreso de la Nación.
De aquel Frankenstein derivó este experimento también inédito en la historia institucional de nuestra democracia: un Congreso que actúa por la libre. Una suerte de sistema parlamentarista, como en muchos países de Europa, pero "a la argentina". Que resiste cada proyecto que envía el Ejecutivo e impulsa su propia agenda de sentido contrario, con una hiperactividad inusual para un año electoral.
Los datos son concluyentes. Hasta el cierre de esta columna el oficialismo nacional había perdido 42 votaciones entre Diputados y el Senado. Es más, desde marzo pasado la gestión libertaria sólo logró aprobar el acuerdo con el FMI, con el respaldo de los sectores por entonces dialoguistas.
Y un elemento clave: el presidente Milei es el primero al que el Congreso le voltea un DNU: la ampliación de fondos para el sistema de inteligencia (espionaje). Un recurso al que desde que asumió (un año y algo más de nueve meses) echó mano en 64 ocasiones. Como para comparar hay que saber que, durante su presidencia, Raúl Alfonsín dictó 10 DNU (en algo menos de 6 años), Carlos Menem 545 (en 10 años), Fernando de la Rúa 73 (en 2 años), Néstor Kirchner 270 (en 4 años), Cristina Kirchner 76 (en ocho años), Mauricio Macri 70 (en 4 años) y Alberto Fernández 178 (en 4 años).
Además, a Milei el Congreso ya le rechazó el veto a una ley -la de emergencia en discapacidad- y esta semana dio el primer paso para otros dos rechazos: la emergencia pediátrica y el financiamiento a las universidades nacionales. El veto es un recurso que, según un relevamiento de Chequeado, Milei ya utilizó en 9 ocasiones con lo que supera la cantidad que firmaron Cristina Kirchner, Mauricio Macri y Alberto Fernández durante sus mandatos. Pero está lejos de los 26,4 vetos anuales que promedió Eduardo Duhalde, los 23 de De la Rúa y los 18,5 de Menem.
Aquella columna, titulada "El futuro es una moneda al aire", planteaba la duda sobre si el voto por Milei era para que encabezara una suerte de revolución contracultural ("trotkismo liberal" la llamó alguien no sin malicia) o simplemente (y nada menos) que para que encausara una economía que la administración kirchnerista dejaba al borde del abismo. Al cabo de este tiempo de gestión libertaria, la respuesta parece inclinarse hacia esta última opción.
La educación (en todos sus niveles) y la salud pública, el fomento de la ciencia y la investigación para el desarrollo, así como las pymes, son parte de la cultura argentina, como el fútbol y el mate. El desafío, entonces, para cualquier gobierno que impulse reformas es cómo administrar con criterios de eficiencia, sin clientelismo y con los suficientes controles los recursos que se destinan a esos fines.
La discusión del Presupuesto 2026 nos dará pistas sobre si ese peleador grogui absorbió el impacto y recalcula su estrategia o si se obstina en el enfrentamiento a todo o nada que lo trajo hasta aquí.
Mientras el riesgo país vuela a niveles inesperados y el dólar perfora el techo de la banda de flotación establecida por el propio Gobierno, el final de la sesión del miércoles en Diputados enciende alarmas. Los legisladores kirchneristas cantaron en pleno hemiciclo lo que parece ser el hit del momento, “Alta coimera, Karina, es alta coimera”, al ritmo de Guantanamera.
La pregunta, como ocurre con cada gobierno no peronista, pero quizás más que nunca, vuelve a ser por la gobernabilidad. El futuro sigue siendo una moneda al aire.
* El autor es periodista. [email protected]