Durante todo el mes de mayo de 2011 viajé en compañía de mi hermano Mario a varios países de Europa.
Durante todo el mes de mayo de 2011 viajé en compañía de mi hermano Mario a varios países de Europa.
En la travesía descubrimos que nos habíamos emparejado mucho en cuestiones de gustos y afinidades, a pesar de tener una diferencia de 9 años. Parece que, una vez pasados los veinte, - él con 24 y yo con 33 - , nos sentimos muy unidos a lo largo del viaje nos llevó por Italia, España, Suiza y Francia.
Una semana antes del regreso, teníamos el tiempo para elegir un último país fuera del plan original. Yo me incliné por el Reino Unido y mi hermano había elegido Alemania, un destino que ni se me había cruzado por la cabeza, quizá por prejuicio.
No obstante, cómo Mario había cedido varias veces a mis caprichos, finalmente dejé que él decidiera y terminamos visitando el país teutón.
Si bien venía deslumbrado por lo que había disfrutado de los anteriores países, Alemania realmente me partió la cabeza. Fue por muchas y variadas razones, desde lo turístico, lo histórico e inclusive por mi profesión como periodista.
Por falta días, elegimos conocer solamente Munich y Berlín y esa decisión determinó que nuestra impresión de Alemania fuera bipolar; ya que se trataba de dos paisajes urbanos en muchos aspectos contrapuestos, como sus costumbres, sus tradiciones y su legado histórico.
Primero desembarcamos en Munich, una metrópolis fundada por monjes benedictinos, donde uno se siente teletransportado al pasado, a los tiempos medievales. Llegamos un día en que una lluvia finita acentuaba esa atmósfera antigua que se observa en las calles y sus edificios.
Esa sensación de viaje al siglo XVI se profundizó cuando visitamos la cervecería Hofbräuhaus, en pleno centro. En su paseo retrocedimos varios siglos al ver a los empleados vestidos con la ropa típica folklórica de la región Baviera, incluso tuvimos un mini Oktoberfest con las muy ricas degustaciones de la casa al final del tour.
La más católica capital alemana, repleta de iglesias de varios estilos arquitectónicos, se opuso diametralmente a la protestante Berlín, con iglesias despojadas y sencillas. Esa es una de las tantas y más evidentes diferencias de estas dos ciudades.
Pasamos de una rutina tranquila de paseos más diurnos y tradicionalistas a una capital cosmopolita, multi-étnica y noctámbula.
Berlín es muy fiestera y te ofrece de la mañana a la madrugada una interminable oferta cultural y de diversión para todos los gustos. Allí todo derrama historia: El Muro que dividió el país; las cicatrices de la II Guerra Mundial, los destruidos monumentos del Tercer Reich convertidos en memoriales, los campos de concentración y los impresionantes museos. Hay una "conciencia de memoria" en cada paseo. No se niega el pasado, ni siquiera los tiempos de Hitler: todo lo contrario, los alemanes intentan mantener siempre el recuerdo de aquellos años quizá para no volver a repetirlos.
Nosotros visitamos cerca de Brandeburgo "Sachsenhausen", uno de los campos de concentración más crueles. Allí, al conocer su historia, sus tenebrosas instalaciones, visualizar sus shockeantes filmaciones, uno no puede dejar de recargarse de una sensación de desasosiego. El cuerpo se te oprime.
No obstante, Berlín es encantadora, más allá de los estupendos grafitis, la tolerancia sexual y cultural, sus habitantes son amables y solícitos.