21 de julio de 2026 - 09:39

Volvió del espacio tras 340 días y descubrió que la Tierra le resultaba extraña: hasta la lluvia le dolía

Científicos detectan que el cerebro de los astronautas se reconfigura en el espacio, provocando que al volver a casa la lluvia huela con una intensidad dolorosa.

Scott Kelly salió de la cápsula Soyuz en la estepa de Kazajistán tras 340 días en en el espacio y descubrió que su propio planeta le resultaba extraño. El pasto, la lluvia y el aire ordinario golpearon sus sentidos con una fuerza abrumadora. Su piel ardía al contacto con muebles comunes y conducir su coche se sentía como operar una simulación.

Este desajuste sensorial no es una anomalía de Kelly, sino un patrón observado en cada tripulante que pasa meses en microgravedad. El cuerpo, evolucionado para la Tierra, comienza a tratar su hogar como un planeta extranjero. Mientras están en la estación espacial, los astronautas respiran una mezcla de ozono, aceite de máquinas y sudor, perdiendo el contacto con los miles de compuestos orgánicos volátiles que definen el aire terrestre.

El reseteo del bulbo olfatorio y el tacto en microgravedad

Tras seis meses de silencio ambiental, el bulbo olfatorio se calibra a un nivel mínimo. Al aterrizar, el sistema se inunda de información. Para Chris Hadfield, el sabor de una manzana fresca, ácido, floral y dulce al mismo tiempo, resultó casi violento para sus sentidos. Lo mismo ocurre con el tacto: en órbita, la piel solo toca la ropa ligera o las paredes de aluminio, y al regresar, las costuras de una camiseta o el elástico de un calcetín se vuelven intolerables.

Los pies sufren una transformación particular. Sin el peso del cuerpo, las callosidades de las plantas se desprenden y crece piel nueva, suave y rosada. Los cirujanos de vuelo de la NASA describen a astronautas que caminan de puntillas o con extrema cautela, incluso sobre alfombras, porque el contacto físico con el suelo les produce dolor. La columna vertebral, comprimida de nuevo por la gravedad tras haberse expandido en el espacio, también protesta con dolores intensos.

Cómo afecta la microgravedad al control motor y a la percepción del propio cuerpo

La sensación de "pilotar" en lugar de conducir es uno de los efectos psicológicos más persistentes. En el espacio, el sistema vestibular deja de recibir señales gravitatorias y el cerebro empieza a confiar excesivamente en la visión y en la presión de las manos. Al volver, los comandos motores fallan: un astronauta puede levantar una taza de café con demasiada fuerza, derramando el contenido, porque su cerebro todavía espera que el objeto no tenga peso.

Este desfase entre la intención y la respuesta física crea el "efecto observador". Los tripulantes informan sentirse como si estuvieran medio paso fuera de sus propios cuerpos, observándose a sí mismos abrazar a sus hijos o sentarse a cenar. Aunque la mayoría se recupera en uno o dos meses, los escáneres de resonancia magnética muestran cambios duraderos en la materia gris y el desplazamiento del fluido cerebroespinal alrededor del nervio óptico.

El estudio de estos cambios es ahora una prioridad para programas como el de la estación Tiangong de China, que en julio de 2026 continúa analizando la fisiología de tripulaciones de larga duración. Es una preparación crítica para los futuros viajes a Marte: una tripulación que viaje al planeta rojo pasará cerca de dos años y medio lejos de la lluvia, la gravedad y el clima terrestre, por lo que su regreso será el experimento de readaptación sensorial más extremo en la historia de la humanidad.

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