Scott Jacqmein, actor de 52 años oriundo de Dallas, se convirtió en protagonista de un caso que alerta sobre los riesgos de la inteligencia artificial en la publicidad. Hace unos meses, comenzó a recibir mensajes de amigos y conocidos sorprendidos por su presencia en distintos anuncios en TikTok y otras plataformas, promocionando productos que él jamás había aceptado. En algunos videos, incluso parecía hablar español con fluidez, algo que no ocurre en la vida real.
La explicación de esta extraña situación es que Jacqmein nunca participó en esas grabaciones: lo que aparece en pantalla es un “avatar digital” generado con IA a partir de su rostro. En 2023, el actor cedió los derechos de su imagen a TikTok como parte de un acuerdo que le parecía una oportunidad profesional, pero pronto descubrió que su doble virtual estaba siendo usado en múltiples publicidades sin su consentimiento ni remuneración adicional.
Estos avatares forman parte de un catálogo de personajes digitales que TikTok ofrece a anunciantes, permitiéndoles crear videos en diferentes idiomas y escenarios sin contratar a un actor real. Para la plataforma, esto representa un negocio millonario: solo en Estados Unidos, los ingresos publicitarios superan los 10.000 millones de dólares, y la automatización con avatares promete expandir aún más esa cifra.
Jacqmein recibió apenas 750 dólares y un viaje como compensación por participar en el proyecto, sin recibir regalías por la reproducción continua de su avatar. Otros actores reportaron pagos similares y experiencias que los dejaron incómodos, como promocionar productos que consideraban inapropiados o humillantes.
El actor reconoció en Instagram la magnitud del problema: “Ha sido surrealista (y a veces embarazoso) ver a 'Al Scott' en la naturaleza, promoviendo cosas que nunca apoyaría personalmente. Asumo la responsabilidad de firmar sin entender completamente la letra pequeña, pero también creo que historias como esta ponen de relieve lo rápido que la tecnología puede superar las protecciones para los artistas. Al final del día, sigo aquí, haciendo el trabajo que me gusta y eligiendo proyectos que reflejan quién soy, no un avatar de IA sin vida que nunca capturará mi verdadero yo”.
El caso de Jacqmein pone de relieve un vacío legal frente a la rápida expansión de la inteligencia artificial en la publicidad y genera un debate sobre los derechos de los artistas.