Una IA empezó ciega y desarrolló ojos: el experimento que sorprendió a la ciencia
Científicos logran que organismos virtuales generen sistemas visuales complejos solo mediante presión ambiental, revelando que la evolución computacional sigue las leyes biológicas.
La IA que fue capaz de desarrollar ojos para adaptarse mejor al ambiente.
Investigadores de la Universidad de Lund y el MIT han logrado un hito en la intersección de la biología y la tecnología: una inteligencia artificial diseñó vida digital que, partiendo de la ceguera absoluta, desarrolló ojos funcionales. Este avance, publicado en Science Advances, confirma que la presión evolutiva puede replicar patrones biológicos en entornos sintéticos.
La selección natural aplicada al código informático
El experimento partió de un planteamiento disruptivo en el campo de la computación. En lugar de programar funciones específicas, el equipo introdujo pequeños organismos virtuales en un mundo sintético gobernado exclusivamente por código. Estos agentes de IA comenzaron su existencia siendo completamente ciegos, sin ningún modelo ocular ni instrucciones sobre cómo percibir su entorno.
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Para forzar la adaptación, los científicos asignaron a estos agentes tareas de supervivencia básicas: desplazarse de manera eficiente, esquivar obstáculos y localizar recursos en su ecosistema virtual. A través de generaciones sucesivas, el sistema introdujo variaciones aleatorias en los organismos. Aquellas configuraciones que ofrecían mejores resultados en las tareas asignadas fueron seleccionadas para persistir, replicando con exactitud los principios de la selección natural descritos por la biología.
Cómo surge la visión sin un modelo previo
Lo que diferencia este estudio de otros desarrollos de inteligencia artificial es la ausencia total de datos previos sobre la visión. Tradicionalmente, una IA "aprende" a identificar un ojo tras procesar millones de imágenes de ojos ya existentes. En este caso, la estructura visual emergió de la interacción directa entre la variación genética virtual y la necesidad de adaptarse al ecosistema.
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El proceso fue progresivo y mostró una sofisticación creciente:
Sensibilidad inicial: Surgieron primero estructuras elementales sensibles a la luz.
Organización de redes: Con el paso de los ciclos evolutivos, estas estructuras se conectaron a redes internas de procesamiento de datos.
Complejidad estructural: En las simulaciones aparecieron configuraciones equivalentes a fotorreceptores dispersos, ojos tipo cámara y ojos compuestos, todos presentes en la fauna real.
El mecanismo detrás de la "IA corporizada"
La clave del éxito de este experimento reside en el concepto de IA corporizada. A diferencia de los modelos de lenguaje o procesamiento de datos estáticos, estos son sistemas capaces de percibir e interactuar con su entorno a través de un cuerpo virtual. Este enfoque permite que la presión selectiva actúe sobre funciones prácticas del organismo, logrando que la complejidad sea el resultado de una adaptación continua y no de un diseño inteligente previo.
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El profesor Dan-Eric Nilsson, biólogo evolutivo de la Universidad de Lund, destaca la precisión del fenómeno al afirmar que lograron "crear una evolución artificial que produce los mismos resultados que en la vida real". Según Nilsson, lo más sorprendente fue constatar que los ojos del ordenador se desarrollaron siguiendo los mismos pasos que en los organismos biológicos, a pesar de que el entorno virtual creado era sumamente simplificado en comparación con el mundo físico. Este proceso demuestra que ciertas soluciones biológicas son tan eficientes que la evolución tiende a encontrarlas inevitablemente.
El futuro de los sistemas tecnológicos adaptativos
Más allá de la comprensión de nuestro pasado biológico, este avance abre una puerta a la ingeniería del futuro. Al utilizar inteligencia artificial para simular la evolución, los investigadores pueden explorar "futuros evolutivos potenciales". Esto significa que se pueden visualizar soluciones morfológicas y funcionales mucho antes de que la propia naturaleza las produzca a través de los milenios.
La aplicación práctica de estos resultados apunta al diseño de sistemas tecnológicos robustos. En lugar de construir máquinas con funciones rígidas, la industria podría empezar a desarrollar dispositivos que "evolucionen" sus propias capacidades sensoriales y motrices para adaptarse a entornos específicos y cambiantes, garantizando una eficiencia que el diseño humano convencional todavía no ha alcanzado.