Domingo, un jubilado de 70 años, caminaba por las calles de Torre Pacheco como lo hacía cada mañana, sin imaginar que se convertiría en el blanco de una de las tendencias más alarmantes del siglo XXI. Tres jóvenes lo atacaron a plena luz del día: golpes, patadas, sin intención alguna de robo, solo violencia.
Este tipo de agresión responde a una práctica conocida como "happy slapping" (bofetada feliz), surgida en Reino Unido a comienzos de los 2000, que consiste en grabar ataques físicos, verbales o sexuales para compartirlos en redes sociales. Lo que empezó como un "juego" de adolescentes buscando likes, hoy se ha convertido en una forma de violencia, donde el sufrimiento ajeno se convierte en contenido viral.
¿Qué es el "happy slapping" ?
"Happy slapping" puede derivar en palizas brutales, incluso fatales. Un estudio británico identificó cuatro factores detrás de esta práctica: se presenta como una "broma" entre amigos, minimizando el daño real; la agresión se naturaliza al ocurrir en grupo, diluyendo la responsabilidad individual; se utiliza como vía de notoriedad social, donde todo vale por un video viral; y la violencia se convierte en un espectáculo, con roles definidos para agresor, camarógrafo y testigos.
Lo más grave es que, al compartirse en redes, el daño no termina en el hecho: se reproduce, se viraliza, se convierte en burla pública. Y quienes lo sufren, muchas veces adolescentes, ancianos o personas en situación vulnerable, quedan marcados por la doble agresión: física y digital.
El caso de Torre Pacheco, una agresión que derivó en disturbios
La brutal paliza al jubilado Domingo desató una ola de indignación en la localidad murciana. El pasado viernes 11 de julio, unas 2.000 personas se manifestaron frente al Ayuntamiento bajo el lema "Torre Pacheco, libre de violencia, libre de delincuencia", pidiendo mayor presencia policial.
Sin embargo, la concentración derivó en preocupantes episodios de violencia y persecuciones racistas. Grupos de extrema derecha se infiltraron con pancartas y lograron encender los ánimos. Algunos asistentes comenzaron a correr por las calles a jóvenes de origen magrebí al grito de "¡Moros de mierda!" y "¡Iros a vuestro puto país!". El barrio de San Antonio, hogar de gran parte de la población migrante, fue el epicentro de estos disturbios.
Embed - Noche de altercados en Torre-Pacheco: al menos una detención y cinco heridos en los disturbios
La tensión escaló también en redes sociales, donde circularon mensajes xenófobos, amenazas y llamados a organizar "cacerías". Plataformas como Telegram alojaron chats en los que se difundían direcciones de comercios de propietarios magrebíes y se proponían ataques coordinados. La violencia digital rebotó en las calles, alimentando discursos de odio y estigmatización racial, desviando el foco de un debate profundo sobre el uso adolescente de la tecnología y la cultura del espectáculo violento. El propio fundador de la empresa Desokupa, Daniel Esteve, publicó un video donde convocaba a acudir al municipio "para poner orden" y "asumir las consecuencias".
Violencia para las cámaras
La violencia del "happy slapping" no termina con el golpe: se propaga en los comentarios y los compartidos. Pero en Torre Pacheco, la agresión digital rebotó en las calles, alimentando discursos de odio y estigmatización racial. El caso de Domingo, lejos de generar un debate profundo sobre el uso adolescente de la tecnología, sirvió de excusa para propagar discursos de extrema derecha.
Este fenómeno no es solo una moda pasajera. Es un síntoma de cómo se transforman las formas de socialización juvenil, atravesadas por redes, presión de pares, impulsividad y falta de empatía. La agresión filmada es una forma de validación: pertenecer al grupo, destacar, ser viral. Y lo preocupante es que ya no solo participan los agresores: también los que filman, los que ríen, los que comparten.
Según datos de Save The Children, más de 70.000 jóvenes en España han sido víctimas de esta dinámica. Profesores, adolescentes, personas mayores y personas con discapacidad aparecen entre las víctimas más frecuentes. La falta de supervisión adulta, la desigualdad social y el uso excesivo de dispositivos digitales son factores que favorecen su expansión.