Irene Vila tenía 20 años cuando compró por 9.000 euros una casa antigua en el pueblo de su abuela materna, ubicado en la provincia española de Cuenca. El precio reducido no surgió de una vivienda lista para ocupar: la propiedad llevaba años cerrada y necesitaba una reforma profunda.
“Compré una casa por 9.000 euros en el pueblo de mi abuela. Necesitaba una reforma importante y eso me ayudó a negociar el precio”, explicó la joven valenciana al relatar al medio La Vanguardia cómo consiguió cerrar la operación.
El lugar tenía un significado familiar. Irene y sus hermanos habían pasado allí numerosos veranos, y su abuela Tere, ya fallecida, mantenía una conexión profunda con el municipio. La casa adquirida no era la antigua vivienda de su abuela, sino otra propiedad situada en el mismo pueblo.
Cómo consiguió negociar el precio
Los propietarios llevaban varios años intentando vender el inmueble y ya habían rechazado otras propuestas. Al mismo tiempo, en el pueblo se ofrecía otra casa por una cifra similar, pero con un estado de conservación considerablemente mejor.
Irene utilizó esa comparación para defender su oferta. El deterioro, la cantidad de trabajo pendiente y la inversión necesaria permitieron justificar que los 9.000 euros fueran un valor razonable para ambas partes.
Por eso, el caso no demuestra que cualquier joven pueda encontrar una casa habitable por esa cifra. El precio corresponde únicamente a la adquisición de un inmueble que requería obras estructurales, instalaciones y años de trabajo.
Lo primero que hizo fue limpiar la casa
Antes de derribar paredes o comenzar con los cambios visibles, Irene retiró hojas, polvo y residuos acumulados durante años. La limpieza le permitió entrar, recorrer el espacio y evaluar con mayor claridad qué sectores podían conservarse y cuáles necesitaban intervención.
La primera obra importante fue el tejado. Estaba construido con cañizo y tejas, tenía agujeros y permitía el ingreso del agua de lluvia, una situación que podía agravar las humedades y afectar el resto de la estructura.
Las tareas complejas quedaron a cargo de especialistas. Irene, en cambio, asumió trabajos como pulir paredes, pintar escaleras, limpiar y recuperar el jardín.
Encontrar albañiles fue el principal obstáculo
La dificultad más inesperada no estuvo solamente en el costo de los materiales. En los pequeños municipios cercanos existen pocos profesionales y muchos tienen listas de espera prolongadas o rechazan nuevos encargos porque ya están saturados.
Esta situación obliga a adaptar los tiempos de la obra a la disponibilidad de trabajadores. También dificulta comparar presupuestos o convocar rápidamente a un especialista cuando aparece un problema urgente.
A pesar de esas demoras, la casa ya consiguió un tejado nuevo y nuevas escaleras en el piso inferior. Irene también tenía presupuestadas la instalación eléctrica, el cambio de la puerta principal y la sustitución de una ventana deteriorada del nivel superior.