El Mar de Aral, que fue el cuarto lago interior más grande del mundo, ha dejado de ser una reserva de agua para convertirse en un emisor masivo de gases. La descomposición de materia orgánica en su lecho seco libera metano y dióxido de carbono, transformando una catástrofe ecológica local en una amenaza climática global.
Un equipo internacional de investigadores documentó mediante satélites y sensores de campo que el antiguo Mar de Aral exhala cantidades ingentes de gases nocivos. Los sedimentos en descomposición, cargados de materia orgánica que antes descansaba bajo el agua, están siendo degradados por microbios. Este proceso libera de forma ininterrumpida dióxido de carbono y metano hacia la atmósfera terrestre.
¿Por qué el Mar de Aral libera tantos gases de efecto invernadero?
Las mediciones actuales indican que el área ha emitido al menos 200 millones de toneladas de CO2 desde la década de 1960. El impacto de estas emanaciones es equiparable al volumen total de emisiones que genera la industria de Alemania en el transcurso de un año completo. Esta transformación radical ha convertido lo que solía ser un sumidero de carbono en una fuente activa de calentamiento global.
La catástrofe tiene su origen en la expansión masiva de los cultivos de algodón en Uzbekistán y Kazajistán. Durante décadas, el agua de los ríos Amu Darya y Syr Darya fue desviada para el riego, provocando que el lago se redujera a apenas un décimo de su tamaño original. Hoy, la región este, mayoritariamente seca, se conoce como el desierto de Aralkum, una extensión de 50.000 kilómetros cuadrados de tierra estéril.
En este nuevo paisaje desértico, la vida vegetal es prácticamente inexistente. Los científicos determinaron que la vegetación ha logrado colonizar menos del uno por ciento del antiguo lecho marino. La ausencia de plantas impide que el suelo retenga el carbono, facilitando que los sedimentos cargados de restos de fertilizantes y pesticidas se descompongan y liberen sus gases atrapados.
¿Es posible recuperar el Mar de Aral?
Mientras el "Gran Mar de Aral" en Uzbekistán continúa enfrentando una situación crítica, el sector norte en Kazajistán muestra una realidad distinta. La construcción de una represa ha permitido que el llamado "Pequeño Mar de Aral" se recupere ecológicamente de forma parcial. Sin embargo, en la mayor parte de la cuenca, la salinidad y los residuos químicos acumulados durante tres generaciones complican cualquier intento de restauración.
El clima extremo de la región acelera la degradación de la materia orgánica. Los investigadores señalan que la transición de un lago saludable a un emisor de gases ocurrió en un lapso de apenas tres generaciones. El Mar de Aral es ahora un testimonio de cómo la intervención humana puede alterar permanentemente los ciclos químicos de la Tierra, convirtiendo un ecosistema vital en un motor del cambio climático.