7 de septiembre de 2026 - 17:10

En 1973, un buzo comenzó a hundir barcos viejos para crear refugios en el lecho marino, y décadas después, más de 30 embarcaciones formaron un arrecife artificial rebosante de vida

La iniciativa del buzo Eric Shaw en las aguas de Gibraltar requiere una rigurosa descontaminación previa de cada casco para evitar desastres ecológicos.

El buzo Eric Shaw transformó el desértico fondo arenoso de Gibraltar en un oasis marino. En 1973, comenzó a hundir barcos en desuso para ofrecer el relieve tridimensional que la fauna local necesitaba. Hoy, su visión es un próspero ecosistema submarino.

Este proyecto pionero creció de manera planificada a lo largo de las décadas. Lo que empezó como un esfuerzo individual se convirtió en una red de más de 30 embarcaciones que alteraron por completo la dinámica biológica de la región, convirtiéndose en un modelo de conservación.

De cascos de acero abandonados a refugios de biodiversidad

El lecho marino arenoso de la zona carecía de rocas y grietas naturales para que las especies se protegieran. Al introducir estas grandes estructuras de metal, se generaron de inmediato superficies rígidas donde algas e invertebrados logran fijarse. Esto inicia una colonización en cadena: primero llegan los organismos sésiles que cubren el metal, y luego estos atraen a depredadores pequeños y grandes. El casco deja de ser basura y se convierte en un barrio submarino que provee sombra contra las corrientes, escondites oscuros y abundantes zonas de alimentación.

Este entramado funciona especialmente como un santuario y criadero para peces jóvenes. En sus primeras etapas de vida, la fauna marina es extremadamente vulnerable, por lo que las vigas, aberturas y obstáculos de los barcos hundidos ofrecen laberintos seguros inaccesibles para los grandes depredadores. La alta concentración de vida en estos puntos favorece la reproducción y el desarrollo de poblaciones que de otro modo no sobrevivirían en un fondo liso.

El estricto protocolo detrás de un hundimiento planificado

Crear un arrecife artificial no consiste simplemente en arrojar cualquier barco al agua. El proceso exige una preparación minuciosa donde se extraen combustibles, aceites, piezas sueltas y materiales contaminantes para no dañar el entorno. Además, los técnicos estudian las corrientes locales, la profundidad del área y la estabilidad de la embarcación en el fondo para garantizar que las corrientes no muevan la estructura ni afecten la navegación comercial o la pesca.

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