Una interminable fila de autos se mezclaba con una más extensa de patrulleros. Las sirenas resonaban y penetraban hasta en el alma de quienes eran testigos de la caravana que trasladaba los féretros del auxiliar Martín Ríos y del oficial inspector Jorge Cussi. Su injusta e inexplicable muerte conmocionó a la sociedad mendocina. Pero la "redención" que llegó con la muerte duró poco. Sólo un par de días pasaron y los policías volvieron a ser cuestionados.
Yo vi llorar a esos hombres, otras veces sumidos en una postura recia, y me llegaron por diversos canales sus sensaciones de dolor e impotencia. Su humanidad traspasaba sus uniformes.
Aún me conmueve escuchar el audio de aquel policía que lloraba porque había experimentado el acompañamiento de los mendocinos tras la muerte de sus compañeros. Al mismo tiempo se notaba sorprendido por esa respuesta. Tal vez no era consciente del amor-odio que la mayoría siente por los miembros de la Fuerza.
Es que muchas de las críticas cotidianas llegan incluso al desprecio. Y ello va más allá de las ideologías. Al menos así lo sienten los uniformados, que ven menospreciada su labor.
Parece ser que sólo en casos extremos, como cuando llega la muerte, nos solidarizamos con la Policía. Humanizamos a esas mujeres y hombres con uniforme azul y sólo entonces los “perdonamos” y los “amamos”. Cuando acuden en nuestra ayuda pasa algo similar. Pero prácticamente sólo en esas ocasiones.
No es mi intención aquí hacer una defensa del trabajo policial, sino recapacitar sobre algunos aspectos. Y quizás, sí, ser la voz de estos funcionarios que habitualmente no pueden expresarse. Después de todo, los periodistas somos voceros de distintos sectores sociales.
Todos queremos un buen servicio y vivir más seguros, y tenemos el derecho a exigirlo como ciudadanos. Ese mismo derecho nos da la posibilidad de hacer de agentes de contralor, señalando las conductas inapropiadas y denunciando falencias. Pero, a mi entender, también exige de nuestro acompañamiento.
¿Cuántos de nosotros ha asistido a una reunión con el comisario de la zona? ¿Cuántas veces denunciamos un hecho si no nos afecta directamente? ¿Cuántos colaboramos con las colectas que organizan muchos agentes? Creo que la crítica debe transformarse en participación.
Exigimos robocops, personajes salidos de ficción mitad humano mitad robot, para que nos cuiden. Al mismo tiempo pedimos sensibilidad y efectividad a una institución conformada por seres humanos en donde, como en cualquier otra, existen errores y, claro, también la corrupción o el mal comportamiento de alguno de sus miembros.
Por mi trabajo, me ha tocado conocer de cerca las tareas de cientos de policías. Recuerdo relatos en los que quisiera no haber estado en sus borcegos. Conociendo su trabajo es que he llegado a comprender las situaciones por las que atraviesan y la difícil tarea que llevan adelante. Saber cómo viven, piensan y sienten me ayudó a entenderlos más y a criticarlos menos. Ello no implica no evaluar su desempeño si no sumar, por aquello de la crítica constructiva. Para criticar primero hay que conocer.
“No tenemos un cupo para traer policías del exterior. La Policía la formamos con nuestros propios vecinos”, me dijo una vez un alto mando policial. Y de eso hablo. Del compromiso que nos debemos como sociedad para mejorar la Fuerza.
Creo que algo está cambiando. Cada vez más efectivos denuncian intentos de soborno. Cada vez más divisiones encaran tareas solidarias para integrarse a la comunidad. Ojalá falte poco para que algunos padres dejen de decirles a sus hijos “si te portas mal el policía te va a llevar” y pasen a enseñarles que pueden acudir a ellos. Y ojalá que los uniformados puedan estar a la altura de las circunstancias. El camino es largo y requiere un exhaustivo trabajo puertas adentro y afuera de la institución. Como civiles nos toca acompañar.