7 de abril de 2018 - 00:00

Los primeros retiros voluntarios de nuestra historia - Por Luciana Sabina

Hacia 1820, mantener a cientos de militares que no cumplían tareas obligó a reducir la planta de personal.

La década de 1820 comenzó estrepitosamente. San Martín buscaba financiamiento para terminar su hazaña, Güemes era asesinado y la cabeza de “Pancho” Ramírez se exhibía -dentro de una jaula- en las puertas del Cabildo santafesino. El caos replegó a las provincias sobre sí mismas, en especial a Buenos Aires donde comenzó un período llamado "feliz experiencia". Denominada así por Gregorio Las Heras, consistió en un período de tranquilidad y crecimiento, que tuvo inicio en julio de 1821 cuando Bernardino Rivadavia asumió como ministro del gobernador Martín Rodríguez.

Las reformas impulsadas por Rivadavia dieron resultado rápidamente: "Los ingresos del tesoro -cuenta el contemporáneo Tomás de Iriarte- eran más cuantiosos, los empleados civiles y militares, el clero reformado, eran escrupulosamente pagados; se construyó el mercado público. Se mejoró el servicio del hospital de caridad pública". Este conjunto de medidas abarcó muchos más aspectos, entre ellos el de inducir a "retiros voluntarios".

Mantener a centenares de jefes militares que no cumplían tareas obligó a reducir la planta. Con esta excusa "dieron de baja" a Pueyrredón, Azcuénaga y Saavedra. Hombres populares entre las tropas y por ende peligrosos. Fueron indemnizados y las fuerzas reorganizadas. Don Cornelio se quejó amargamente de esta situación, y en sus memorias leemos:

"Ellos, la verdad, sorprendieron nuestra credulidad; nos hicieron creer era un verdadero premio de nuestros servicios al ser reformados y recibir las cuotas que estaban acordadas a las clases y graduaciones. A mí se me consideró como un simple coronel de infantería y se me dieron billetes del 10% de los fondos públicos recientemente creados (…). Los billetes con los que el gobierno me había pagado los 17.700 pesos de la reforma, me los había dado a la par de su valor escrito, más en la venta no había quien los admitiese sino al 25% en los primeros tiempos, de manera que en cada mil pesos sufría el quebranto de 750 pesos, después de esto llegaron al 40% y aun al 50, que fue el más alto precio a que vendí los últimos, mas como es visto, siempre con la pérdida de un ciento por ciento cuando menos (…) siendo nuestros empleos propiedades efectivas, se nos arrebataron por compensaciones aparentes que realmente no eran lo que sonaban".

El general Gregorio de La Madrid regresó a la capital en este período: "Cuando llegué a Buenos Aires en el mes de julio -cuenta-, conocí a mi primer hijo Gregorio, que me lo presentó su madre por la ventana de la sala, al pasar, y le di un beso, de a caballo. Había nacido el 19 de junio anterior, y mi padre político, el doctor José Miguel Díaz Vélez, quiso que se le pusiera mi nombre". Además de conocer a su primogénito adhirió a la Reforma:

"Deseando retirarme a la vida privada, y poco satisfecho también por los celos que había notado así por parte del gobierno, como de algunos de los compañeros de armas, insinué por que se me reformara". Pero, tal como para Saavedra, fue un mal negocio: "Lejos de favorecerme como se hizo con algunos, se me perjudicó y sólo me tocaron 17 mil y pico pesos en papel, creo del 6%" y muy pronto se quedó sin nada, denunciando que otros tuvieron mejor trato: "Uno de ellos fue el coronel Arévalo a quien le tocaron noventa y tantos mil pesos de la reforma".

El país del que nos hablan no deja de recordarnos un presente en el que seguimos inmersos en reformas de siglos pretéritos. ¿Llegaremos al siglo XXI antes de que este se acabe?

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