27 de abril de 2020 - 00:00

Los argentinos, el mal uso del idioma y la libertad del hablante - Por José Luis Moure

Consultado sobre la calidad de la lengua que empleamos, es frecuente que el argentino medio, en particular si se trata de un porteño o habitante de una ciudad mayor, responda negativamente, denigrando con preferencia rasgos como el yeísmo, la caída de las eses, el uso de lunfardismos y palabrotas, las muletillas, los anglicismos y variados etcéteras que se incrementan cuando se alude a los resultados de la enseñanza escolar (mala redacción, mala ortografía, mala lectura en voz alta, mala comprensión, pobreza léxica). Esta visión pesimista suele ir acompañada de la convicción, más o menos explícita, de que el castellano se habla bien en otra parte, un idealizado escenario que suele ubicarse, con más voluntarismo que certeza, en España o Colombia, para mencionar las respuestas habituales.

Aunque en apariencia se esté haciendo referencia a un asunto único, es decir a la calidad del idioma que hablamos y escribimos, los vicios denunciados en el párrafo anterior son esencialmente tan heterogéneos, que su consideración indiscriminada resulta inadecuada para dar respuesta al tema de esta nota. Se impone entonces un análisis más ponderado de los elementos en juego.

Todo idioma es una construcción histórica y colectiva, sometida a cambios que con lentitud se van produciendo en el tiempo; no son buenos ni malos, son simplemente inevitables. Si esto no fuese así, quienes hablamos idiomas derivados del latín (portugueses, españoles, franceses, italianos y rumanos) continuaríamos expresándonos como Cicerón, Augusto o Séneca. El castellano, nacido hace más de mil años en un pequeño enclave del norte hispánico, se extendió primero por toda la Península en detrimento de otros dialectos hermanos, y a partir de 1492, por el inmenso territorio de América, donde a partir del siglo XIX se distribuyó en diecinueve naciones, cada una con fisonomía propia moldeada por su geografía, historia y desarrollo sociocultural. La autonomía de cada una de esas entidades políticas, ganada tras los procesos de independencia, no impidió, sin embargo, que todas, sin mayor deliberación, hayan optado por conservar el idioma común.

Permítasenos un excurso necesario. Cuando una lengua obtiene su escritura, establece un código gramatical y ortográfico que la comunidad comparte. El aprendizaje de la escritura y de la lectura (alfabetización) establecidas por ese código fija en los hablantes una variedad “culta”, que habrá de emplear para los múltiples productos de su quehacer cultural, desde los más elaborados (la creación y difusión de las disciplinas científicas y humanísticas, las leyes, la literatura, el periodismo, la enseñanza, la comunicación oficial, los discursos) hasta otros menos pretensiosos como una carta, un aviso publicitario, una solicitud, una receta de cocina, un correo electrónico o un texto de wasap. Todos se expresan en esa variedad de lengua escolarmente aprendida, que también puede denominarse modélica o estándar, caracterizada por la posesión de un léxico amplio y por la necesaria sumisión a normas gramaticales y ortográficas cuyo cumplimiento deslinda lo que es correcto y lo que no. Además de su función primigenia de preservar un texto en el tiempo, la finalidad originaria de la variedad escrita, lo que la hace imprescindible e insustituible, es despojar la expresión de rasgos propios de la oralidad (muletillas, balbuceos, repeticiones, construcciones truncas, imprecisiones, elipsis, discordancias) y, mediante sus normas sintácticas (distribución en oraciones, coordinación o subordinación de sus componentes, puntuación, etc.), asegurar la coherencia y precisión en la formulación del pensamiento.

Las naciones de habla castellana, a través de sus respectivas academias de la lengua, integradas desde 1953 en una Asociación, compilan y definen el léxico general, y elaboran y consensúan las normas de esa variedad culta, siempre bajo el principio de que ninguna de ellas puede ni debe imponer su criterio sobre otra. Este imperativo de respeto a la autonomía política y cultural de cada una es requisito ineludible para la preservación de la unidad de la lengua. La Real Academia Española, históricamente la primera, es hoy solo una entre veinticuatro corporaciones, y no puede ni aspira a erigirse en tribunal de la corrección, que resulta de la interconsulta y el acuerdo de las academias hermanas. Más de un docente, periodista o comunicador debería tener esto en claro.

En cada uno de nuestros países, a la vera de la lengua culta compartida y en razón de los procesos evolutivos a que hemos aludido, el castellano ha adquirido rasgos propios, particularmente en la pronunciación, la entonación, el léxico y también en algunos elementos del sistema gramatical. Cada nación hispanohablante exterioriza en el habla sus intransferibles rasgos de entonación y de pronunciación (vayan como ejemplo el seseo peninsular y americano, la caducidad de la distinción fonética entre “s” y “z” o entre “y” y “ll” o la aspiración de la “s”).  Y en su registro más informal, en los usos populares, cotidianos y familiares, extraordinariamente dinámicos, no cabe regulación académica alguna; su formación, vigencia y aceptación dependen de otras razones que exceden lo propiamente lingüístico: preferencias de grupo etario (lenguaje de los jóvenes), necesidades expresivas (léxico argótico, “malas palabras”, creaciones neológicas), moda (extranjerismos, anglicismos), buen y mal gusto (criterio que sobrevive, algo acobardado), etc. En ese complejo dominio, la legitimidad solo es conferida por el uso y preferencias dentro de cada comunidad, y es tan impredecible como inapelable.

Más de quinientos millones de hablantes nos comunicamos hoy en castellano, idioma en el que compartimos textos científicos y periodísticos, una vasta producción cinematográfica y mediática, y una literatura de extraordinaria riqueza. Ninguno de los rasgos lingüísticos diferenciales compromete la plena comunicación entre nuestras comunidades, que mantienen una sólida conciencia de emplear la misma lengua.

Corolario para españoles y americanos. En el vasto mosaico del universo hispanohablante, la unidad de la lengua reclama la buena enseñanza de su variedad culta a través de la práctica intensa de la lectoescritura, del respeto escrupuloso de la normativa gramatical y del código ortográfico compartidos, y del conocimiento de la producción literaria de los países integrantes; en esa empresa es donde han de concentrarse los esfuerzos públicos y privados. Por fuera, campea la libertad de los hablantes, solo acotada por la voluntad de seguir comunicándose y la convicción de formar parte de un mismo espacio histórico y espiritual.

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