Lo real es bueno

Hay un peso de la historia que no puede negarse, despreciar o desechar, nos dice el autor. Inspirado en una nota publicada recientemente por Vicente Reale nos propone “recuperar una contemplación amorosa de lo real y una aceptación gozosa de las cosas bue

Nuestra actitud ante el mundo

Decía Ortega y Gasset que uno de los problemas del hombre de nuestros días es que cree ser el primer hombre. 
Hoy por hoy, gran parte de las personas ignoran que antes de nuestro tiempo hubo historia. Hubo gente que hizo, que construyó lo que hoy vemos y habitamos. Hubo gente que, antes que nosotros, vivió y fue feliz.

Decía Aristóteles en su Ética: "Es razonable suponer que quienes vivieron antes que nosotros no se han equivocado en todo por completo sino que en algún punto o en la mayor parte de ellos han pensado rectamente". 
Ignorar este hecho u obviarlo a sabiendas implica una actitud o modo de vida: ser un desagradecido. Un desagradecimiento que menosprecia a las personas que estuvieron antes que nosotros y que posibilitaron que, en algún sentido, seamos quienes somos y no otros.

Esto que puede parecer una obviedad quizá no lo es tanto. En nuestro mundo este modo de ser desagradecido se aprecia por doquier, aunque no siempre seamos conscientes de esta actitud vital. El mundo moderno ha asumido desde hace mucho (acrítica e inconscientemente) que la humanidad, si quiere ser mejor, debe tirar por la borda todo cuanto se hizo antes.

Un pensador alemán de nuestros días lo resumió así: “Es característico de la modernidad el entender la autodeterminación ante todo como emancipación, como un ‘alejarse de’, no como un ‘hacia’ determinado en cuanto a su contenido. La libertad es esencialmente desligamiento de lazos tradicionales”. Concluye: “No es tanto una propiedad o un estado como un proceso, el proceso de ‘liberación’”.

Esta búsqueda de liberación se concreta en el enjuiciamiento total del orden existente: el individuo replegado sobre sí mismo cree poder liberarse de aquellos lazos tradicionales y asume para ello que lo que existe no posee orden ni sentido ni belleza. Algunos autores han definido esta actitud vital como “odio a lo que es o existe” (Maritain).

Esto tiene una consecuencia: la dificultad de comprender intelectualmente lo que estuvo antes. El rechazo, la indiferencia, el desagradecimiento (o incluso el odio, si hacemos caso a Maritain) no son buenos consejeros para entender. Los romanos decían que para comprender algo hay que mirarlo “sin ira y con esfuerzo”.

Un signo de los tiempos

Estas reflexiones me vinieron a la mente al leer la extraña nota del 28/04/15, que publicó el sacerdote católico Vicente Reale, en la que cita un extenso texto que no es de su autoría sino de otro sacerdote: Faustino Vilabrille. Se titula “El Dios en que no creo”.

La nota nos dice que no cree en el mismo Dios de los neoliberales, en el Dios de los estafadores, asesinos o de los que hacen pobres y luego dan limosna. Con estas afirmaciones es muy fácil estar de acuerdo. Yo como, Reale-Vilabrille, tampoco le rezo a "ese" Dios.
Pero se critican también las "custodias de perlas"; "los templos lujosos"; el hecho de pedir perdón a Dios y rogarle en la oración; la teología del Sacrificio de Cristo en la Cruz, entre muchas otras.

Todas estas cosas, le guste o no a Vilabrille y a Reale, tienen tras de sí el peso de la historia. Hubo generaciones enteras que pusieron esfuerzo y tiempo para hacer esos templos y esas custodias. Hubo cientos de personas que rezaron y se confesaron, y que aún hoy lo hacen. Hubo grandes esfuerzos teológicos para entender, aunque sea sólo un poco, el gran misterio de la Cruz. Hasta arriesgaría a decir que quienes lo hicieron fueron felices haciéndolo.

El texto rezuma la actitud a la que me vengo refiriendo: rechazo, desprecio. Pareciera como si en cada línea se viera el dedo índice del autor señalando los enormes extravíos en los que cayó la humanidad y que él, por suerte, pudo evitar. Cada línea pareciera decirnos: “Gracias Señor porque no soy como esos publicanos”. Lejos queda la actitud aristotélica que sostiene que es difícil que tantos hombres se equivocaran en todo y de una manera absoluta.

Cuando Benedicto XVI renunció al pontificado, Vargas Llosa se lamentaba de que la Iglesia en nuestros días hubiera dejado de ser una institución que alberga la cultura, del modo en que lo hizo, por ejemplo, en el Medioevo y en el Renacimiento. Al leer un texto como el de Vilabrille-Reale, comprendo la queja del escritor peruano. Pareciera como si desde ciertos sectores eclesiales se despreciara la cultura para poner en su lugar escritos panfletarios y de barricada.

El texto concluye que ese Dios al que le rezaron y le rezan aún hoy muchas personas, fue “fabricado por humanos interesados en vaciar el corazón y la mente de la gente para mantener un sistema”. Esta afirmación condensa y resume todo el espíritu del texto: el mundo fue y es un gran sistema perverso y los hombres viven engañados, y se debe contribuir a liberarlos, empezando por esa idea falsa que se hacen de Dios. A esto sólo se puede decir con Virgilio: “¿A tanto ha llegado el orgullo vuestro?”.

Quizá esto sea sólo un botón de muestra de cómo concebimos en nuestros días nuestra relación con el mundo, con Dios y con los otros. Yo propongo, modestamente, que intentemos cambiar la mirada: propongo recuperar una contemplación amorosa de lo real y una aceptación gozosa de las cosas buenas, mientras intentamos mejorar o cambiar las cosas malas.

Pero para esto debemos despojarnos de los prejuicios que transmiten los tristes escritos como el de Reale y que sólo pueden conducir a un estrepitoso fracaso existencial.

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