10 de abril de 2018 - 00:00

Lo que los números no reflejan - Por Alejandra Vargas

El lector memorioso me juzgará de reiterativa. Pero es que la frase “no llego a fin de mes” sigue tan vigente como hace ocho años.

Los estadistas dirán que no se puede comparar; que la economía se está recuperando; que la inflación -según el dato del Indec de mediados de marzo- a nivel nacional registró un 2,4 por ciento.

Funcionarios y políticos festejan que hay menos pobres. Otros buscan redefinir el concepto de indigencia para que entre la menor cantidad de familias posible.

Algunos comerciantes se quejan de la caída en sus ventas y culpan al “efecto Chile” sin ver que lo que ellos pretenden cobrar está fuera del alcance del común de los bolsillos.

La verdad es que -personalmente- los números no me dicen mucho, cuando veo decenas de familias que logran subsistir a crédito sin darse lujos.

Basta ver cada sábado a la mañana cómo ha crecido la cantidad de autos que circulan perdidos tratando de comprender la dinámica de la Feria de Godoy Cruz, porque son cada vez más los particulares que eligen comprar sin intermediarios. Basta ver cada primer fin de semana de mes, las playas de estacionamiento de los mayoristas en las que no entra ni un alfiler. Basta ver, en los puestos de la feria y entre las góndolas de los mayoristas que los compradores sacan cuentas para comprobar que realmente están ahorrando. Basta verlos resignar marcas y productos para hacer la diferencia.

Aquí es donde retomo mis columnas del Blanco Móvil de agosto de 2010 “La odisea de llegar a fin de mes” y de junio de 2011 “Cirujeo top” porque más allá de que algunos bancos han sacado las promociones que tenían entonces para hacer rendir el dinero, son varios los mendocinos que buscan aprovechar cualquier descuento por poco que parezca.

Es que -como decía en aquella oportunidad- al “grueso” sueldo hay que restarle la comida, que cada vez cargás menos en el carrito del súper y en la que cada vez gastás más plata. Ni qué hablar de los artículos de limpieza. El desodorante aromatizado para el piso, el limpiavidrio, el desengrasante para la cocina, el líquido para dejar impecable el baño... Todo queda reducido a la eterna amiga de toda ama de casa: la lavandina. Lo único irremplazable es el detergente que, lejos de ser el hipoalergénico con un perfume a lavanda que mientras lavás los platos es un bálsamo para las manos femeninas, es el más barato de la góndola.

Las compras se han transformado en una cátedra de matemática, en la que para estar seguros de que las ofertas son ofertas, antes de comprar el combo de jugo con la jarra que se ve práctica, dividís el precio por la cantidad de sobres y lo comparás con el valor de cada sobre (porque el precio de referencia está por kilo y el otro está por unidad), y ahí te das cuenta de que el “regalo” no es tal porque terminás pagando la famosa jarrita.

Allí es cuando sale nuestra “ciruja” interior, aquél -según el lunfardo argentino- que revuelve en busca de algo útil. Así es como se incorpora a nuestro menú de actividades cotidianas el “cirujeo”, que ya amplió su acepción y dejó de ser exclusivo de las personas que se la rebuscan como pueden para sobrevivir.

El tiempo es un factor fundamental, se trata de un nuevo paradigma de compras (ya instalado). Cuesta el cambio, pero cuando uno logra internalizar el recorrido, el tiempo rinde tanto o más que en las épocas de vacas gordas.

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