Thatcher no hizo de la sobriedad un estilo. Le gustaba que la llamaran “La Dama de Hierro” como un instrumento de tortura célebre en Inglaterra, aunque en épocas remotas.
Thatcher no hizo de la sobriedad un estilo. Le gustaba que la llamaran “La Dama de Hierro” como un instrumento de tortura célebre en Inglaterra, aunque en épocas remotas.
Consistía en un sarcófago con afiladas púas en el fondo y una tapa, también con púas afiladas, que se cerraba lentamente sobre el condenado hasta que entraba en razones. O no. Thatcher estaba orgullosa de ese apodo.
Los conservadores británicos adoptaron el alias para admirarse del rigor y la ferocidad con que Thatcher tomó y ejerció el poder: gobernó el partido por quince años y a Gran Bretaña durante once, muchos de ellos ligados de alguna manera siempre trágica a la Argentina.
Thatcher anuló los logros educativos de sus antecesores laboristas, rechazó la democratización de la enseñanza, destinada a llegar a los chicos de clases sociales más bajas, y abolió la distribución gratuita de leche en las escuelas, lo que le valió otro apodo poco amigable: “Ladrona de leche”.
Con Gran Bretaña paralizada por las huelgas, llegó a la cima del poder. En sus primeros días de gobierno redujo el intervencionismo estatal, promovió la economía de mercado, aumentó el presupuesto de defensa y los sueldos de las fuerzas armadas y policiales y, meses más tarde, vendió la British Petroleum, primer paso de un amplio plan de privatizaciones.
Junto a Ronald Reagan y al Papa Juan Pablo II, Thatcher protagonizó lo que se llamó en los años 80 la “revolución conservadora”. La revolución tuvo mucho de involución, pero transformó al mundo . La primera ministra fue fiel a sus principios y a su estilo: cumplió con su predicción de terminar con el poder de los sindicatos británicos, reprimió con violencia los alzamientos populares, lo privatizó todo y recortó los presupuestos de salud, educación, transporte y servicios públicos.
La victoria en Malvinas le dio aire para una nueva gestión de gobierno.