Desde hace algunos años la figura de Julio Argentino Roca es menoscabada, fustigando su accionar al mando de la Campaña del Desierto, incursión que buscó proteger a los pueblos de frontera. Bajo ningún aspecto los actos de violencia son justificables, pero hacer foco en la combatividad de nuestras tropas es mostrar sólo una cara y todo accionar debe ser entendido en el contexto histórico correspondiente, abordando cada arista.
Centrándonos en las víctimas del malón, impacta fundamentalmente el comercio que los indígenas hacían con los cautivos, más allá de las aberraciones a las que los sometían. En Buenos Aires llegaron a existir asociaciones que reunían fondos para comprar la libertad de los mismos, negociando directamente con las tribus. En algunas oportunidades tardaban años en localizar a sus familiares, pues eran intercambiados como mercancía o incluso vendidos en Chile.
Las poblaciones fronterizas vivían en vilo, esperando el siguiente ataque. Durante los malones los aborígenes saqueaban, mataban, violaban y destruían. Como no podían llevarse las cosechas, desparramaban el contenido de los graneros e incendiaban todo.
Las mujeres jóvenes eran raptadas y violadas a diario, a las mayores generalmente las ejecutaban. Ancianos y niños no corrían mejor suerte. Uno de los entretenimientos más desalmados durante el malón era matar a bebes cristianos tirándolos hacia arriba y jugando a ensartarlos con sus lanzas.
El destino que esperaba a los cautivos era infernal. Alfredo Ebelot -ingeniero francés- dejó registro de lo que sucedía: “Degüellan a sus prisioneros según las circunstancias. Ordinariamente los someten a este final porque los consideran molestos; pero dan valor a las mujeres cristianas esforzándose en llevarlas a sus torerías donde estas desventuradas, expuestas por un lado a las brutalidades y a las caricias -tal vez más repulsivas aún- de sus amos, y por el otro lado a los celos feroces de las damas de la tribu, corren una suerte espantosa”.
En la misma época, Lucio V. Mansilla describió la vida de las mismas de modo sintético: “debían lavar, cocinar, cortar leña con las manos, hacer corrales, domar potros, cuidar los ganados y servir de instrumentos para los placeres brutales de la concupiscencia”.
Por este motivo muchos historiadores ven a la Conquista del Desierto como un episodio dentro de una lucha más amplia. Lamentablemente ambas facciones cometieron excesos y brutalidades. Fue tan triste que se repartieran niños indígenas entre las familias distinguidas de Buenos Aires como el comercio que los aborígenes hicieron durante años con los cautivos. Tuvo tanta superioridad el ejército sobre las tribus, como las tribus sobre las poblaciones indefensas que atacaban. Fueron tan importantes las víctimas aborígenes de los soldados como los muertos que se amontonaban en las calles tras el malón.
La poca relevancia dada al sufrimiento de los cautivos, colocando el foco sólo en los mártires aborígenes, nos habla de nuestra incapacidad a la hora de observar el pasado, objetivamente. Parece que la importancia de la víctima se mide de acuerdo a la empatía que genere y sobre esa base no se hace más que cometer nuevos y lamentables atropellos.