26 de enero de 2019 - 00:00

Las cargadas - Por Jorge Sosa

Cuando la cargada es bien recibida, se comparte. Pero si hace daño, si lacera, es una agresión.

Me estás cargando”, decimos. O “me estás tomando el pelo”. O “me estás tomando para el churrete”. O “me estás jodiendo”. O “me estás sobrando”. Son varias las formas que tenemos para responder cuando nos atacan con alguna chanza, con alguna picardía que nos incluye.

No sé de dónde viene la expresión “cargar” aplicada a este asunto, porque la palabra “cargar” tiene varias acepciones: uno carga cuando echa un peso sobre algo; cuando coloca mercaderías en un vehículo para transportarlas; también cuando prepara un arma poniéndole una munición, y otras variantes. Para el fin de esta nota, la acepción de “cargar” que nos interesa es fastidiar, “importunar, molestar”.

Repito que no sé de dónde viene la aplicación de la palabra, tal vez porque al tomarle el pelo a alguien le estamos “cargando” con algún accesorio psicológico a su vida, que se le hace más pesada de esta forma.

La cuestión es también cultural. ¿De dónde le viene al argentino esta necesidad de cargar al prójimo? Tal vez sea una derivación de las culturas tanas, que tienen también ese uso. O tal vez sea una invención propia.

La cuestión es que diariamente cargamos, sobre todo cuando estamos entre amigos. El tipo llega medio dormido al café donde se junta con iguales sátrapas y le dicen: “Che, Negro, se te quedó pegada la almohada en el cachete”, descripción somera y graciosa que sirve para decir que el tipo no está todavía bien despierto y una parte de él es de la realidad y la otra, de Morfeo.

Las cargadas bien pueden transformarse en apodo: ante una singularidad del tipo, los demás lo llaman haciendo mención a esa singularidad. Son los también llamados sobrenombres, o sea lo que supera al nombre y muchas veces lo reemplaza.

Los ejemplos son tan grandes que se podría hacer todo un tratado sobre los apodos. Si sos pelado te pueden decir: “Amanecer criollo”: puro mate. O simplemente, “Melón”. Si sos narigón: “Cara con mango”o “Condorito”. Si sos orejón podés recibir como apodo “Cabeza con percha” o “Batman”. Podríamos seguir escribiendo un diario entero con los ejemplos.

El tipo carga al otro y el otro, si puede, si le da la mollerita para repentizar, contesta con otra cargada y así se va armando una serie de salidas, a veces ingeniosas, que parten del saludable país de la alegría pero no siempre hacen bien.

Si la cargada es bien recibida está bien, está sustentada en el buen humor que se comparte. Pero si hace daño, si lacera, si hace sentir mal al destinatario entonces no es simplemente una cargada, es una agresión. Es violencia de género. El género masculino, por ejemplo, carga al género masculino y esto puede ser inicio de rencores y rencillas.

Qué culpa tiene el tipo si tiene un poto que precisa la ayuda mutua de dos inodoros, qué culpa tiene si es chueco y le pasan por entre las piernas dos toros peleando, qué culpa tiene si posee unos ojos, como los míos, tan grandes que parecen dos huevos fritos. Encima de tener que aguantarse las deformidades tiene que aguantarse las cargadas: es mucho para un solo individuo.

Hasta con los apellidos nos metemos. Si se apellida Sosa, puede transformarse en Sosalame. Si se apellida Zapata, le pueden decir Sapito. Y ni qué decir si el apellido tiene alguna connotación picaresca. Pobres de los que se apellidan Culazo, por ejemplo.

La cargada es cuestión de todos los días entre los argentinos, una forma de actuar, pero no siempre son sonrisas las que existen al final.

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