11 de junio de 2017 - 00:00

La sociedad adicta

El columnista analiza algunos aspectos del actual momento político de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y critica que reflexión y análisis sean reemplazados por el uso del tuit.

La política siempre se hace con ideas. Pueden ser buenas o malas, practicables o no, simples o sofisticadas, ambiciosas o mezquinas. Implícitas o explícitas. Pero siempre hay ideas.

Despojada de las obligaciones y formalidades del poder, Cristina va mostrando sus propias ideas sobre la política y el país. Debe estar teniendo mucho tiempo para articular su pensamiento, para ponerlo en orden, verbalizarlo.

Le está costando, probablemente porque nunca entendió del todo las reglas de la comunicación que demanda el hecho de ser gobierno.

Durante este último año y medio, en unos pocos discursos Cristina ha explicado su pensamiento. Lo que puede verse hasta ahora es una combinación de tópicos, definiciones muy personales -casi caprichosas- de conceptos tradicionales, razonamientos lineales, cierta incapacidad para el matiz, que es un rasgo particular de la inteligencia.

Definitivamente no es una pensadora de la política, lo cual no implica que no sea una gran política. Pero la reflexión y el análisis no parecen ser lo suyo. Eso podría explicar su preferencia compulsiva por el tuit como instrumento de comunicación.

Igualmente, resulta fascinante asomarse a esa pequeña cabecita. Nos guste o no, sus ideas, sus creencias y representaciones, sus deseos, sus temores y sus limitaciones son los que han gobernado el país durante casi una década, y siguen activos en una sociedad que sólo recientemente ha advertido la necesidad de un cambio, independientemente de que ese cambio se esté operando.

Pero no todo es desacierto. También aparecen verdades en el discurso de Cristina. Verdades de un valor inusitado. Como la respuesta que dio a la pregunta retórica con la que inició su discurso en Atenas: por qué hoy en la Argentina gobiernan los “neoliberales”.

“Lo que pasó fue que no se entendieron muchos procesos que llevamos a cabo. No pudimos hacerle ver al conjunto de la sociedad que, en realidad, su mejor posición económica era parte de ese proceso. Y esos jóvenes de veintipico que entraron a trabajar a las fábricas creyeron que era un mérito propio”.

Dividiremos el análisis en dos partes: el proceso y la percepción del mismo. Vamos a empezar por lo segundo.

Dice Cristina que no fueron entendidos, no pudieron (no ella, claro, sino ellos) hacerle ver a la sociedad el origen y los responsables verdaderos de ese proceso. Eso estaba lejos de ser evidente: sólo podía consolidarse, ser sostenible, si la sociedad lo entendía. Venía con instructivo, de imprescindible lectura: de otro modo se perdería.

Involuntariamente, Cristina muestra la dramática fragilidad del proceso. Es la declaración de derrota de la batalla cultural, esa que debía ganarse a toda costa. Por otro lado repite el esquema de la élite ilustrada y el pueblo ignorante. Parece más Sarmiento que Perón. Lo confirmó ante la izquierda europea en Bruselas: “La sociedad no está capacitada para leer lo que pasa detrás de las noticias”. Ella y su generación, en cambio, sí.

Tales afirmaciones cuestionan los logros del "kirchnercristinismo". Pero hay otro aspecto aún más revelador: el del proceso mismo.
Hay varias maneras de explicar el origen de la sociedad. Una es la forma liberal: la sociedad es producto de los individuos que interactúan libremente en función de sus intereses. Otra es la comunitaria: la sociedad existe desde siempre, no hay un estado presocial de individuos libres. Los hombres se insertan en una comunidad preexistente, que permite interacciones grupales o individuales.

Hay una tercera, que para el caso podríamos denominar monárquica-providente: la del gran hombre que se instituye en benefactor del pueblo menor de edad, incapaz por si mismo de proveerse su bienestar ni tampoco de entender la lluvia de gracias y beneficios que recibe.
Cristina participa de esta visión autocrática e ilustrada de sí misma. Claro está, la legión de periodistas y opinólogos antiK, heridos en su orgullo de liberales hechos a sí mismos, se prodigó en impugnaciones y desmentidas. Pero el hecho es que tiene razón: la sociedad argentina fue formateada al modo kirchnerista. No del todo, como ya se ha visto.

Había dos posibilidades de aprovechar políticamente la espectacular abundancia de recursos que acompañó a los primeros gobiernos de los Kirchner.

Ficción

Una era invertir masivamente en obra pública, salud, educación, transporte, proveer al país herramientas para el desarrollo humano y social. Adicionalmente, un cambio cultural en el sentido de la austeridad, el ahorro y el trabajo podría haber tenido un radical efecto a largo plazo.

Otra era la distribución directa de recursos a todos los sectores sociales, desde los empresarios a los sectores marginales, pasando por la clase media, según diversas modalidades: contratos, subsidios, proteccionismo, empleo público, planes sociales.

El aumento de la capacidad de consumo creo la ficción de la movilidad social ascendente, el desarrollo de una nueva clase media.

La primera alternativa generaría una sociedad civil empoderada, fortalecida, dueña se sí misma, que demandaría un Estado eficiente, poderoso.

La segunda en cambio, generaría una sociedad adicta, desarticulada entre sí, sedienta de los recursos que proporciona el Estado. La inflación, entre otros factores, genera un efecto devastador en el que el único actor económico con capacidad de acción es el Estado. No importa cuán débil o ineficaz sea: la sociedad, más débil aún, depende de él.

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