La reciente declaración de la primer ministro de Alemania Ángela Merkel diciendo "Europa ya no puede confiar en los Estados Unidos" da lugar a reflexiones sobre la historia y la política. Siempre he creído en la importancia de conocer historia para la formación de un dirigente político.
Estudiar la historia no significa quedarse anclado en el pasado, ignorar las enormes transformaciones del mundo, en aceleración con la cuarta revolución industrial tecnológica que estamos viviendo. No faltan los que sostienen que es una pérdida de tiempo o que la misma exacerba conflictos y disputas. Por eso, no ha faltado la presión internacional para reducir las horas dedicadas a enseñar esa disciplina.
Sin embargo, la historia, en la medida que ayuda a comprender en lugar de juzgar, como equivocadamente creen algunos, da lecciones para orientar y avizorar el porvenir.
Sobran los ejemplos, pero basta con recordar algunos, como la tenaz lucha en la prensa y el parlamento británico de Winston Churchill, advirtiendo sobre los peligros que significaba, para la paz del mundo, Hitler y su infame régimen, desoída por los gobiernos de su país llevando, así, a los pueblos a una catástrofe con millones de víctimas.
Precisamente el conocimiento de los errores cometidos al finalizar la Primera Guerra Mundial, con el Tratado de Versalles, las condiciones incumplibles impuestas a los vencidos y la crisis de 1929 llevaron a Franklin Delano Roosevelt a proponer y diseñar con Churchill y el asesoramiento de lord Keynes las instituciones para evitar por lo menos las grandes guerras entre las mayores potencias y buscar mecanismos de cooperación multilaterales para disminuir las posibilidades de una crisis como la Gran Depresión. Esto fue reforzado por la decisión del presidente Truman y su secretario de Estado, el general Marshall, de financiar la reconstrucción de Europa.
Otro conocedor de la historia fue el general De Gaulle, que advertía que detrás de la Unión Soviética estaban las añejas aspiraciones expansionistas del Imperio Ruso, y por otro lado temía que en los Estados Unidos resurgiera la mentalidad aislacionista que afectara el atlantismo.
Con la actitudes del gobierno populista y xenófobo del señor Trump, destruyendo el andamiaje del sistema internacional surgido en la posguerra, las advertencias del estadista francés, en cuanto a que Europa debía pensar en una defensa autónoma, se han hecho realidad.
La crisis financiera de 2008, la más seria desde la Gran Depresión, fue superada también porque al frente de la Reserva Federal estaba el señor Bernanke, que entre sus pergaminos académicos destaca por ser el mayor estudioso, precisamente, de esa crisis estallada en 1929.
Una de las falencias de la dirigencia argentina es su escaso conocimiento de la historia, defecto que se observa en el oficialismo como en la oposición, y en esto hay que incluir no sólo a los hombres de la política partidaria sino a los técnicos que ocupan posiciones en el aparato estatal.
Si los equipos económicos tuvieran mayor conocimiento de la historia de las crisis y los ciclos económicos, de aciertos y errores de los gobiernos que los precedieron, posiblemente evitarían recaer en los mismos problemas, algo que parece recurrente en nuestro país.
Por supuesto estamos hablando de historia, no de relatos facciosos o panfletarios. De ellos hemos tenido muchos y tal vez de ahí viene esa larga recurrencia en el error. Es que no se puede curar enfermedades si no se acierta en el diagnóstico, aunque tampoco se trata solamente de acertar en el problema sino de solucionarlos.
No faltan quienes describen nuestras falencias, pero hay una ausencia grave de propuestas para resolverlas o de miedo para encararlas.
Y una de las lecciones de la historia es que de las crisis solo se sale con coraje y haciendo lo que se debe, no lo que dicen las encuestas. Si De Gaulle hubiera hecho caso a las encuestas Francia estaría en manos de los nazis y sus colaboracionistas.
Ni los gobiernos ni los pueblos deben tener miedo. Cabe recordar unas frases del discurso inaugural de Franklin Roosevelt en plena crisis de los treinta: "Lo único que tenemos que temer es al temor mismo, a un terror indescriptible, sin causa ni justificación, que paralice los arrestos necesarios para convertir el retroceso en progreso".