14 de diciembre de 2017 - 00:00

La hipocresía de la pobreza - Por Rodolfo Cavagnaro

Esta semana se dieron a conocer los datos del último informe que desde hace varios años elabora el Observatorio de la deuda social de la Universidad Católica Argentina. Este informe ya se hacía, y era discutido, durante el anterior gobierno.

Los autores del informe explicaron que el mismo se ha hecho sobre la base de una nueva metodología y aclararon que se trataba de una nueva serie que no era comparable con los anteriores datos.

Este informe revela que 31,4% de los argentinos vive por debajo de la línea de la pobreza, lo que equivale a 13,5 millones de personas, mientras que hay 5,9% de personas que viven en situación de indigencia y equivalen a 2,5 millones de personas. Lo más alarmante del informe es que da cuenta de que el 48% de la población que vive en situación de pobreza tiene entre 0 y 14 años.

El dato es grave y para su medición se tuvieron en cuenta, además del nivel de ingresos, el acceso a servicios básicos, como provisión de agua potable, disposición de servicios de cloacas o conexiones de luz. Asimismo se mide la disponibilidad de servicios sanitarios o de la salud a disposición.

Evidentemente, los números alarman pero en lugar de preocuparse lo que hay que hacer es ocuparse. En los últimos 40 años hemos pasado de una tasa de pobreza de 4% a los niveles actuales a pesar de la cantidad de recursos que se han dedicado a la acción social. El primer antecedente fue cuando, en el gobierno militar del 1966-1973 se creó el primer Ministerio de Bienestar Social de la Nación al mando del legendario dirigente Francisco Manrique.

Desde entonces abundaron las estructuras oficiales y no sólo las provincias sino también los municipios comenzaron a crear unidades destinadas a lo mismo: la atención de los pobres. Pero los resultados han sido al contrario de lo buscado. Cuanta más plata se destinaba a la pobreza, más pobres ha habido, lo que muestra la hipocresía y el cinismo con el que se han manejado en este tema los sectores dirigenciales, llámense políticos, empresarios o sindicalistas.

El nivel de ineficiencia de los gobernantes ha sido tan malo que la mayoría de la plata gastada no sólo aumentó la cantidad de pobres sino que aumentó en forma exponencial la burocracia de la pobreza. Lo único que hicieron fue mantener a los pobres medianamente alimentados pero dependiendo de las dádivas de los funcionarios.

La realidad es que hay que volver a las fuentes. Sarmiento decía muy claro que la pobreza se eliminaba con buenos servicios de educación y salud y es ahí donde han fallado las políticas públicas. Está claro que la pobreza es la resultante de la falta de educación y esto representa un problema mucho más grave, y es que estas personas no tienen condiciones de empleabilidad, por lo que la tarea es mucho más ardua.

La dimensión del desafío educativo y desarrollo del conocimiento se plantea en 4 niveles. El primero, obvio, es la escuela. Hay que atender a esa población vulnerable con asistencia alimentaria y de salud y asegurando la posibilidad de su ingreso, permanencia y egreso de las escuelas con los conocimientos básicos requeridos para vivir en sociedad, dándoles herramientas que les permita aprehender conocimientos.

La segunda dimensión es trabajar sobre los sectores más vulnerables de desocupados, a los que hay que darles la capacitación necesaria para que puedan insertarse en el mercado laboral. Este plano debe complementarse con la capacitación de los que hoy tienen empleo, ya que el 50% no tiene estudios secundarios completos y en la era tecnológica serán grupos con alto nivel de vulnerabilidad.

Finalmente, se deben actualizar las carreras de las universidades y, en el cuarto nivel, apoyar con fuerza la investigación científica y tecnológica. La pobreza es grave y nos califica como sociedad. Todos debemos hacernos cargo y aportar para salir de esta trampa que tiene en la miseria a un tercio de los argentinos.

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