1 de septiembre de 2018 - 00:00

La corrupción en nuestra historia - Por Luciana Sabina

El retrato que hace Darwin de la sociedad argentina en 1832 habla de una corrupción que hoy se repite casi literalmente.

En su paso por nuestro territorio, en el marco del viaje científico que realizó a bordo del Beagle, Darwin escribió en 1832:

"La policía y la justicia son completamente ineficientes. Si un hombre comete un asesinato y debe ser aprehendido, quizá pueda ser encarcelado o incluso fusilado; pero si es rico y tiene amigos en los cuales confiar, nada pasará.

Es curioso constatar que las personas más respetables invariablemente ayudan a escapar a un asesino. Parecen creer que el individuo cometió un delito que afecta al gobierno y no a la sociedad. (…  ) Las clases más altas y educadas que viven en las ciudades cometen muchos otros crímenes, pero carecen de las virtudes del carácter del gaucho. Se trata de personas sensuales y disolutas que se mofan de toda religión y practican las corrupciones más groseras; su falta de principios es completa. Teniendo la oportunidad, no defraudar a un amigo es considerado un acto de debilidad; decir la verdad en circunstancias en que convendría haber mentido sería una infantil simpleza. El concepto de honor no se comprende; ni éste, ni sentimientos generosos, resabios de caballerosidad, lograron sobrevivir el largo pasaje del Atlántico.

(…  ) Todo funcionario público es sobornable. El jefe de Correos vende moneda falsificada. El gobernador y el primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas. No se puede esperar justicia si hay oro de por medio. Conozco un hombre (tenía buenas razones para hacerlo) que se presentó al juez y dijo: 'Le doy doscientos pesos si arresta a tal persona ilegalmente; mi abogado me aconsejó dar este paso'.

El juez sonrió en asentimiento y agradeció; antes de la noche, el hombre estaba preso. Con esta extrema carencia de principios entre los dirigentes, y con el país plagado de funcionarios violentos y mal pagos, tienen, sin embargo, la esperanza de que el gobierno democrático perdure. En mi opinión, antes de muchos años temblarán bajo la mano férrea de algún dictador".

Este último vaticinio se cumplió poco después de su partida, cuando en su segunda gobernación, Rosas impuso un dominio tiránico y déspota, el primero de muchos otros en este suelo donde la libertad fue botín más de una vez.

El retrato que hace este científico inglés de la sociedad argentina espanta y lo hace más cuando observamos similitudes con la actualidad.

En las últimas jornadas hemos sido testigos de un quiebre en el sistema delictivo. Con una esperanzadora firmeza la justicia avanza sobre la corrupción para combatirla. Después de tolerar una alarmante ineficiencia, de asistir al festín la impunidad, los argentinos observamos cambios. Pero no todos están conformes y prefieren observar la realidad con cegueras ideológicas. Se cumple allí la observación darwiniana: "parecen creer que el individuo cometió un delito que afecta al gobierno y no a la sociedad".

Así es, parece que muchos no comprenden que quien roba al Estado le roba al pueblo, le roba a ellos, a sus hijos a sus ancianos. Tampoco entienden que esos verdaderos desfalcos que terminaron en cuentas particulares en el exterior o en lujosas propiedades, debían concluir en, por ejemplo, la compra de frenos para el tren que causó el desastre de Once.

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