Ya no son totalmente judíos ni verdaderamente turcófonos, pero son claramente pro rusos: los 800 caraítas de Crimea cuentan con Moscú para preservar su milenaria cultura.
Ya no son totalmente judíos ni verdaderamente turcófonos, pero son claramente pro rusos: los 800 caraítas de Crimea cuentan con Moscú para preservar su milenaria cultura.
Unas 7.000 tumbas de piedra calcárea gris en un bosque de robles testimonian de una historia antigua; la mayoría lleva inscripciones en hebreo y las que no están cubiertas por el musgo y el liquen asoman bajo la capa de tierra que se les fue acumulando encima a lo largo de los siglos.
Este impresionante y desordenado cementerio es el tesoro de los caraítas de Crimea. “Es un lugar sagrado, de peregrinación”, explica Anna Polkanova, especialista de este misterioso pueblo.
Antes de entrar en el camposanto, que según Polkanova tiene dos mil años, la mujer se cubre con una toca de lana gris. Y en el recorrido cuenta la historia de los caraítas, descendientes de los jázaros, un pueblo de origen turco que se había instalado en Crimea en el siglo VII.
Tres siglos más tarde, una parte de los jázaros se habría convertido al caraísmo, una rama del judaísmo que solo acepta la Ley escrita tal como consta en las Escrituras hebreas (conocidas en el mundo cristiano como Antiguo Testamento) y rechaza el Talmud y otras referencias de la tradición oral rabínica.
“No nos definimos como judíos”, precisa Anna Polkanova, que pretende así distinguirse de otros 30.000 caraítas en otras partes del mundo, en nombre de las diferencias de origen y de cultura.
Loa caraítas de Crimea se disociaron voluntariamente del judaísmo en el siglo XIX para ponerse a salvo de las leyes antisemitas del imperio zarista ruso, lo cual les permitió en el siglo XX evitar las deportaciones nazis.
Svetlana Sherguin, abuela de 74 años, es una de las pocas asistentes al culto caraíta del sábado por la mañana.
Y asegura, en su salón de paredes con lentejuelas rosas repleto de fotos de familia y adornos de loza, que cumple con el precepto de dos rezos diarios. En sus gruesas manos, esta pequeña mujer tiene un libro de tapas verdes: “Plegarias sabáticas de los caraítas de Crimea”.
En sus ratos libres, fabrica sombreros caraítas y cocina kibins, unos panecillos rellenos con carne, plato tradicional de los caraítas.
Svetlana Sherguin lamenta que los fieles de Simferopol (la capital de Crimea), en su mayoría de edad avanzada, se vean obligados a celebrar el culto en una escuela, a falta de “kanasas”, como se denominan las "sinagogas" de los caraítas de Crimea.