La industria del entretenimiento estadounidense la tiene clarísima: todo producto, toda estrella que postula en lo más alto del firmamento, tiene que llevar aguas para el molino de conciencias que ha instalado a ese país en el lugar en el que está. Y, por supuesto, la historia del sacrificio atroz para luego llegar al premio mayor, no sin el merecido trabajo, es un clásico que no pierde vigencia.
En tren de seguir armando este ideario ansiado por las gentes del mundo entero -el sueño americano, que le dicen- las declaraciones de la megaestrella Jennifer Lawrence han sido más que bien venidas por la prensa dispuesta solventar esa ideología.
Es que la chica de “Los juegos del hambre” contó un par de cosas que abonan divinamente su imagen: de Cenicienta a Reina del Mundo. Primero, pícara, contó con indirectas que se fumó un porrito antes de recibir el Oscar. Después, en una charla más larga, dio a conocer su durísimo tránsito hacia el éxito.
Ella se mudó a Nueva York, a vivir sola, a los 14 añitos (era de Kentucky).
Y le contó al diario británico The Sun: “Me criaron las ratas y eso te hace más fuerte. Llegué a un punto en el que literalmente compartí mi comida con ellas. No tenía dinero... Al principio, si una rata se había comido parte de mi pan, estaba en plan de asco y tiraba el resto de la barra. Pero llegó un momento en el que empecé a cortar solo alrededor del agujero que se había comido la rata”.
Según ella, cuando su papá fue a visitarla y vio que vivía así, entendió que tenía que apoyarla porque lograría su sueño a costa de lo que sea (???). “En la noche era cuando salían todas las ratas. No podía ni siquiera ir al baño”. Jennifer... Jennifer... ¡andá!