Sólo el ingenio del hombre activo del siglo pasado permitió realizar las múltiples actividades diarias a pie por la falta de medios de transporte público.
Sólo el ingenio del hombre activo del siglo pasado permitió realizar las múltiples actividades diarias a pie por la falta de medios de transporte público.
Eran moneda corriente calles de tierra, sin banquina y veredas con piso de ladrillo, carentes de iluminación. Sin embargo la gente de buena voluntad se trasladaba como podía por no contar con el colectivo urbano, ya que sólo había ómnibus de media y larga distancia.
Salvo que alguien contara con un caballo con grandes alforjas, un sulky o una bicicleta, la mayoría se trasladaba a pie para hacer las compras diarias y otros menesteres. Algunos inclusive se las ingeniaban con una madera al hombro y de esa forma trasladaban cargas en los dos extremos.
En paradas de descanso o en encuentros con vecinos, amigos o parientes siempre había un momento para charlar cordialmente y conocer las novedades del barrio, especialmente en materia de salud.
La ciudadanía de la última generación no tiene la menor idea de cómo han vivido sus antepasados, especialmente cuando no habían llegado a nuestro país los adelantos tecnológicos y de manera primordial la televisión y los teléfonos. Estos últimos operaban con una manivela hasta que llegó el discado.
Antes, en la urgencia, en un mundo que ya se ha ido, a veces se lograba el favor de los jefes de las estaciones del ferrocarril para transmitir por telégrafo algún mensaje.
Hoy apreciamos los adelantos de las diferentes marcas que posibilitan la comunicación con cualquier arte del mundo.
Podemos contar lo que significó a mediados del siglo pasado el haber accedido a la televisión y a las comunicaciones de larga distancia, a las transmisiones de radio y la televisión en "cadena", o sea simultáneamente.
Lo más trascendente fue la llegada del celular. Los primeros eran de un tamaño de varios centímetros, que la gente bautizó con el nombre de "ladrillo". Fue un asombro, una maravilla que no todos podían disponer, pero que permitía comunicarse desde cualquier lugar a sitios lejanos que no contaban con el servicio del teléfono.
Otro aspecto que quiero recordar es el antiguo trato cotidiano de las amas de casa con los proveedores, como lechero, panadero, carnicero y otros comerciantes que llevaban a los hogares las provisiones que necesitaba cualquier hogar.
Se los recibía con la puerta abierta y existía la libreta en la que se anotaban los gastos. No había tarjetas ni pagarés; algunos dejaban el dinero sobre la mesa y si había vuelto, el proveedor lo dejaba en forma justa.
Repito que la puerta de calle estaba sin llave porque no había ningún peligro, y las bicicletas quedaban en la vereda o en la puerta de entrada o afirmadas a un árbol, y a nadie se le ocurría llevárselas. Lo mismo ocurría con los automóviles porque las casas no tenían cocheras ni había playas de estacionamiento.
En fin, cada vez que los que hemos vivido los viejos tiempos los recordamos para las nuevas generaciones, más allá de la nostalgia, encontramos dificultades superadas y ventajas perdidas, en proporciones más o menos equivalentes, como hemos ejemplificado en esta nota.
Así como es indudable que las tecnologías nos han facilitado enormemente la vida, por otro lado la falta de seguridad nos ha quitado la tranquilidad de los viejos tiempos.
Porque así suelen ser las cosas, siempre hay algo de cal y algo de arena. Pero comparar los distintos tiempos y las distintas generaciones nos puede ayudar a encontrar lo mejor de cada una y superar sus errores.