Hernán Piquín: “Decidí no ventilar mi vida privada, me parece vulgar”

A sus 45 años, el bailarín vive con intensidad su madurez profesional. En esta entrevista íntima habla de los momentos más duros de su vida.

Hernán Piquín: “Decidí no ventilar mi vida  privada, me parece vulgar”
Hernán Piquín: “Decidí no ventilar mi vida privada, me parece vulgar”

Como esos pastores de trasnoche que hablan de sanación milagrosa, Hernán Piquín jura que la danza -su templo, su biblia, su dios- cura. Que las leyes de la gravedad y la termodinámica, presentes al momento de bailar, quedan supeditadas a fenómenos no explicados por las leyes naturales. Lo comprobó en 2009. Había alquilado un auto en Uruguay para celebrar a bordo su cumpleaños, pero estalló una cubierta, el vehículo chocó y él se fracturó la quinta vértebra.

"Tres milímetros más y tocaba la médula y quedaba cuadripléjico", cuenta con sus pausas y sus tonos misteriosos. "Tres meses después, viajé a Italia a visitar a una amiga que montaba 'El jorobado de Notre Dame'. Le faltó un bailarín, y yo, con un brazo sostenido por un pañuelo y la advertencia de los médicos de que no iba a poder bailar clásico nunca más, subí al escenario y me puse a bailar. ¡Me curé bailando! Tal vez bailar me acerque más a mí. O a la gente. O tal vez esta forma de vivir me aleje del dolor".

Como Edison, Spielberg, Steve Jobs y Walt Disney, Piquín también carga con su propia leyenda de "no lo lograrás". Su severa maestra de baile, Aída, repetía, un poco en broma, un poco como sentencia brutal: "No servís para la danza, vas a terminar vendiendo ballenitas en el subte". Aída ya murió. Pero no partió de este mundo sin antes haber visto fallida su profecía. "Hubo un concurso, lo gané, ella se enteró y se sintió orgullosa. Yo le comenté cuando la vi:'¿Se acuerda cuando usted me decía que yo no servía?'. En el fondo, supongo, ese era su método para reforzar mi tenacidad".

Piquín es especialista en refregarnos por las narices nuestros propios prejuicios. Salido del Colón, en 2011 se metió en los estudios de "ShowMatch" para competir en "Bailando por un sueño" junto a una bailarina de talla pequeña, Noelia, que hasta entonces era llevada a los programas como blanco para el humor. Ganaron el certamen. Repitieron al año siguiente. Firuletes e integración: mientras su cuerpo parecía plastilina, lloraba él, lloraban todos.


    “Nadie sabe las ilusiones que tuve yo para ser papá y nadie sabe lo que me costó”, dijo.
“Nadie sabe las ilusiones que tuve yo para ser papá y nadie sabe lo que me costó”, dijo.

-Tenés 45 años. ¿Qué vas a hacer cuando dejes esto para lo que te preparaste toda la vida?¿Ya vas sintiendo esa nostalgia/vacío de la pre-despedida?

-En tres o cuatro años, calculo, me retiro. He bailado tanto, he vivido afuera del país, estuve al lado de Julio Bocca. Así que el día que me vaya de todo esto, no voy a extrañar. O sí, pero no voy a tener cuentas pendientes.

-El sacrificio es la base de tu historia. A la distancia ¿qué tan traumático fue el Colón o el proceso de "dejar de ser un niño" para convertirse en una máquina que se prepara para la perfección?

-En el Colón a los hombres se nos perdonan cosas porque somos menos. Si bien existe el sistema estricto, nos hablan un poco más suave para no perdernos. El sacrificio no existió para mí. Si yo a los cuatro años le dije a mi viejo que quería bailar. A los diez, para ir al Colón, yo le hacía el café a mi mamá para despertarla. Yo me levantaba solito a las cinco, sin despertador, de la emoción. No ir de viaje de egresados o a un boliche no fue sacrificio. Era la normalidad.

-¿De dónde salía esa emoción por bailar? ¿A quién habías visto?

-Había un programa en ATC, “Noche de gala”. Yo quedaba hipnotizado y decía: “Quiero hacer eso”. Mi tía María vivía enfrente y yo cruzaba, y recuerdo quedarme dormido mirando un cuadro de dos bailarines que estaba colgado. Yo a mi vieja le pedía que me comprara zapatillas Flecha, que eran las únicas que tenían punta para poder pararme. Hacía natación, tenis, patín, gimnasia deportiva.

Me llevaban para saber si era vocación o locura. Un día la esposa de mi pediatra, abonada del Colón, me trae las bases para el ingreso y me anoté. Mi madre me mandó a un maestro de baile quince días, para aprender lo básico, la primera posición, agarrarme en una barra. Había 2.500 inscriptos. Hice 6 ó 7 exámenes. Quedé adentro con otros 16.

-¿Y tus padres apoyaban al varón bailarín o tenían la vieja estructura del niño ligado a juegos como el fútbol?

-Nunca fue algo traumático. Era natural para ellos mi elección. Escuchaba mucho eso de “maricón, maricón, maricón” el afuera, pero mi familia era un pilar. “Sé quien tengas que ser”, me dijeron. “No nos gustaría, pero si hasta te meten en cana, somos tu familia e iremos a verte”.

-Estos tiempos colaboran para poder salir a hablar de acoso, moneda corriente en el medio artístico. Pero no se escuchan tantos testimonios de acoso a hombres. ¿Lo sufriste a lo largo de tu carrera?

-Nunca en el Colón. Tal vez en otros lugares sí. De chico, mi vieja me había educado advirtiéndome que podía pasar y cómo actuar. Cuando fui a estudiar afuera una vez ocurrió. No puedo dar mucho detalle, pero entré a una oficina y me dijeron: “Si querés seguir estudiando tenés que hacer esto”. Yo escuché la charla, llamé a mamá y le pedí que me mandara el pasaje de regreso. Acoso hay en todos lados. Supe plantarme siempre.

-Como tantos, alguien te decía que "no ibas a poder", pero tal vez proyectaba sus imposibilidades en vos. Hiciste oídos sordos...

-A veces es la proyección de la frustración del otro. Tal vez se siente reflejado en tus condiciones y recuerda que no pudo y te atormenta. Pero yo no escuchaba. Y a los 16 mis padres firmaron mi emancipación y me fui a estudiar afuera. Vengo de una clase media a la que nunca le faltó nada. Abuelo gallego, herido de guerra, mandó a la abuela primero a la Argentina y le dio dinero para que se comprara una vaca, un caballo y un carro. Se instalaron en Villa de Mayo y me papá y su hermano se levantaban para ordeñar y salían a vender leche. Papá después fue empresario. Tenía heladerías, agencia de prode y de remises. Estuvo 20 años sin fumar tras un preinfarto. Cuando cumplió 50, prendió un cigarrillo para festejar y se murió. Yo estaba de gira con Julio Bocca.

-¿Y volviste a casa?

-No. Fue el golpe más duro de mi vida, pero recordé que él y mamá siempre me dijeron: “Pase lo que pase, no dejes nada, dedicanos la función y listo”. Yo estaba en Mar del Plata, terminó la función, veo a mis compañeros llorar y entro al camarín de Julio y Lino Patalano me cuenta lo que pasó. No quiero recuerdos de alguien en un cajón. Al otro día le dediqué la función y punto. La danza alivia, calma.

-Es una decisión casi de otra era no hablar de tu vida privada en un medio donde casi nada es privado. ¿Un signo de elegancia o qué?

-Decidí mostrar el arte nada más. No ventilar. Me parece vulgar.

-¿Cómo te imaginás la vejez cuando este cuerpo elástico sea apenas un recuerdo?

-En el medio del campo, con una casa mirando al río. Y tal vez sea padre. Pasa que no concibo ser un padre no presente y en este momento sería imposible dedicarme a un hijo.

-¿Subrogación de vientre, adopción o qué?

-Lo que sea. No juzgo. Y no proyecto. El único sueño que tuve en la vida era bailar en el Colón. Lo demás, fue y es un regalo. Ya no quiero ponerme una meta y angustiarme si no la logro. No quiero tener espinas.

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