La pregunta sobre qué es y qué pretende el feminismo (o, más propiamente, los feminismos) se puede responder con una simpleza tan concreta como la realidad misma que nos circunda: el feminismo es un movimiento universal en constante crecimiento que considera que el mundo donde vivimos es injusto e inequitativo, porque las mujeres no somos tratadas iguales que los varones ni se nos reconocen los mismos derechos que a ellos.
En su matriz, los feminismos cuestionan todas las relaciones desiguales de poder configuradas a partir de la mirada androcéntrica; y proponen herramientas y medidas políticas y sociales concretas para lograr igualdad real y reconocimiento pleno de nuestros derechos.
¿Por qué? Porque históricamente las mujeres hemos sido consideradas en un grado de inferioridad respecto de los varones. Ello ha impactado directamente en la forma en que las personas nos relacionamos y ha permitido la consolidación de un estado de opresión estructural en perjuicio de las mujeres. Esta situación de desigualdad sistémica ha permeado toda forma de construcción cultural, resultando en estructuras y superestructuras funcionales a la persistencia del paradigma masculino hegemónico.
Ante este panorama, los feminismos visibilizan las manifestaciones que esas desigualdades expresan desde todas las perspectivas, incluidas las artísticas, políticas, académicas, sociológicas, jurídicas y antropológicas. Se pone al desnudo, desde diferentes áreas del conocimiento y desde la fuerza de los movimientos sociales feministas, cómo aquella opresión impacta e impide un ejercicio pleno de los derechos de las mujeres.
Entonces, para lograr un estado de autonomía sólo alcanzable en condiciones plenas de igualdad se impone la necesidad de lograr una reconfiguración del Estado, las sociedades y las familias desde el enfoque de género.
¿Cómo se logra esto? A través de un nuevo pacto social signado por el compromiso con el cambio cultural, social y político que demandamos, en el que se trabaje con seriedad en deconstruir el patriarcado, en realizar una relectura crítica de las instituciones y las construcciones culturales atravesadas por patrones patriarcales y en la promoción y ejecución de políticas públicas con perspectiva de género con especial énfasis en materia de educación sexual integral; una sociedad donde todas las personas podamos vivir mejor.
Sólo entonces las mujeres podremos vivir sin miedo; sin sentirnos propiedad de los varones; sin la presión de responder a patrones de belleza que amenazan nuestra salud y coartan nuestras libertades; sin un techo de cristal que nos oprima; sin cobrar menos que los varones; sin naturalizar las tareas de cuidado a cargo de las mujeres; sin limitaciones en el ejercicio de nuestros derechos sexuales y reproductivos, civiles, políticos y laborales, y los derechos sobre nuestros cuerpos; sin estereotipos de género que generen expectativas inalterables sobre nuestros roles en la sociedad; sin ser víctimas de discriminación; sin sufrir la privación de libertad con mayor agudeza y crueldad; sin ser cuestionadas por nuestras aspiraciones laborales, académicas o políticas… Mientras tanto, la legitimidad de nuestras demandas y la fortaleza de nuestras convicciones seguirán convergiendo en un solo grito de lucha feminista.