Graciela Scarlatto: “A la belleza hay que acercarse como una mosca a un vasito de agua”

La escritora mendocina acaba de publicar un libro de poemas, Clepsidras en la lluvia, y la novela Vaselina.
La escritora mendocina acaba de publicar un libro de poemas, Clepsidras en la lluvia, y la novela Vaselina.

Después de un largo silencio literario, la escritora y artista plástica mendocina acaba de publicar dos libros: el íntimo poemario Clepsidras en la lluvia y la estridente novela Vaselina. De ellos habla en esta entrevista.

A algunos memoriosos, el nombre de Graciela Scarlatto (Mendoza, 1963) los remite a los primeros años 90 en Mendoza, a una delgada antología de poesía juvenil en el que bajo su firma (o una similar) aparecían poemas intensos y desbocados. Para esos mismos, el suyo estaba relacionado con cierta agitación cultural de esos tiempos y como sinónimo del grupo Artaud, que reunía a artistas de diversas ramas que buscaban potenciarse mutuamente. Tras esos años, también intensos, también desbocados, sin embargo, el nombre de esta mendocina pareció esfumarse.

Pero ahora, tras un año extraño como pocos, Graciela Scarlatto ha vuelto para mostrar que el suyo era un silencio momentáneo. Desde Buenos Aires, donde vive, la mendocina ha construido una carrera como artista plástica, que a la vez no significó un abandono del terreno literario sino una refundación, que ahora la muestra con total vigor y la publicación de dos libros. Uno es Clepsidras en la lluvia, libro de poemas íntimos en los que “la palabra se hace líquida / y se van las cosas por sus bordes”. El otro es Vaselina, una atrapante novela que conjuga diferentes voces para una historia coral y construida por fragmentos, ambientada en La Dormida y en la que conviven personajes de esos que se quedan a vivir con el lector un tiempo después, incluso, de que la lectura ha terminado.

Desde la Buenos Aires que hoy la tiene como habitante permanente, Scarlatto repasa para Los Andes estos años de engañoso silencio y ofrece claves de estas publicaciones.

Las más recientes publicaciones de la escritora mendocina.
Las más recientes publicaciones de la escritora mendocina.

–Después de tu actividad cultural en Mendoza, en los 90, no supimos más de tu tarea hasta que, de pronto, reaparecés en el panorama literario con dos libros. ¿Por qué dejaste esta provincia y cuál fue tu recorrido hasta este 2021 lleno de ediciones?

–Mi marido fue trasladado a Buenos Aires, pero las pasiones son viajeras. Nunca dejé de escribir, aunque no tuve la compulsión de publicar. Buenos Aires fue un desarraigo muy duro, pero también un aprendizaje. En Mendoza hice un taller con Mirta Sánchez, que fue mi primera aproximación a la narrativa. Después en Buenos Aires tuve la oportunidad de trabajar con Irene Gruss, con Alberto Laiseca y con Mariano Ducros en el Centro Cultural Borges.

Clepsidras en la lluvia, tu libro de poemas editado por Del Dock, no sorprende a aquellos que te recordaban como poeta. Pero sí a quienes leyeron aquellos poemas verborrágicos de Paradojalia posmoderna y se encuentran con poemas más reposados, que pintan cuestiones cotidianas y en muchos casos son muy breves. ¿Cómo fue esa evolución poética?

–Me dediqué a leer mucha poesía: Levertov, Glück, Dickinson, Belessi, Gruss. Escribir tiene más que ver con el acto de escuchar que con el de decir. Esas voces y modos de moldear lo no dicho y traerlo a la palabra, todo eso se aglutinó como un magma, me incendió desde adentro. Ese creo que fue el proceso de evolución de mi poesía.

–Pareciera que esa exploración, la de las voces múltiples, fuera una de tus preocupaciones. ¿Es así?

–Sin duda. No creo en la pureza. Tampoco en la lógica binaria que ve en blanco y negro. Yo necesito los medios tonos, bucear en los matices de la lengua, aunque no sean bellos. La belleza, para mí, es un ideal que condiciona y al cual hay que acercarse como una mosca a un vasito de agua, con mucha humildad. No me siento una abeja, sino una trabajadora impura, incompleta. Creo que ahí hay una sinceridad y un encanto.

–Junto con el poemario, aparece la novela Vaselina, en la que la narración se va desenvolviendo mediante lo que dicen distintos personajes alternativamente. ¿Nació como un plan de montaje o fue surgiendo después de lo que ya habías intentado en la poesía?

–A medida que entro en la corriente de la escritura, la de traducir a texto los pensamientos, voy escuchando cómo habla el personaje. Y esa escucha está formada por cosas que leí, por lo que me dijo un taxista o la vecina. Hay mucho de inconsciente. Y hay un juego con la música, con la entonación y el ritmo; y ese juego es como un piolín que va “tirando” de la voz, la hace durar. Luego viene una intensa corrección, que en mi caso no acaba nunca.

–¿Cómo nace la historia de esta novela, ambientada en La Dormida (Santa Rosa)?

–A partir de una noticia acerca de una pareja de adolescentes que hace un pacto suicida. En general yo no escribo porque sé algo, sino al contrario, escribo para entender. Así nació la voz de Marina, y después esa historia fue lateral en la novela.

–Vivís desde hace más de 20 años en Buenos Aires, pero se han colado cosas muy mendocinas. No sólo ese pueblo del Este, sino también un personaje emblemático como Nicolino Locche. ¿Hay un sentido de pertenencia que clama?

–Yo me siento mendocina al cien por ciento. Locche es mi infancia. Recuerdo haber visto la pelea con Fuji sentada en la falda de mi mamá. Locche nos maravillaba porque parecía estar en las antípodas de un boxeador. Su forma de esquivar los golpes, de divertirse en el ring, me parecía contraria a la idea de lucha. Yo veía una especie de danza. Eso creo que pasa en Vaselina, los personajes bailan con el azar, con la violencia, sacándole el cuerpo todo el tiempo al dolor.

La pintura: un entrenamiento

–Junto con esta producción literaria hay otra faceta tuya, no menos productiva, que es la de la artista visual. Te definís como artista “impura”, ¿cómo dialogan esas caras de tu poliedro creativo, cómo se retroalimentan?

–La pintura para mí es una lupa sobre los detalles. Un entrenamiento para escribir. Yo creo que el arte debe ser impuro. Es un monstruo. Una subversión de la mirada que devuelve los objetos en pie de guerra con su habitualidad. El monstruo aterra por la afirmación de su diferencia, porque trae a la representación lo que ni siquiera puede ser pensado. Pero el monstruo no es el Minotauro, sino el hilo de Ariadna: un camino a la otredad, una forma de conocimiento, un lazo a lo que debe ser revelado. Y lo que arte revela no es nada puro o absoluto. El ejercicio es perseguir lo inalcanzable con la modestia necesaria para estrellarse una y otra vez con los falsos ídolos, la falsa pureza y todos los absolutos, y saber que hay un camino, y que ese camino conduce al misterio.

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