Alejandro Dolina no esquiva las preguntas difíciles. El paso del tiempo, el miedo a la muerte, el vértigo del amor y el deseo de eternidad son temas que atraviesan su obra y su vida. En una reciente entrevista con diario La Nación, confesó: “Vivo muy atormentado, pero, en el medio, bailo arriba de las mesas”. La frase lo define. Habita el dolor con lucidez, pero no renuncia al goce.
Con su estilo filosófico y melancólico, Dolina imagina incluso la vida eterna como una posibilidad deseable: “Dame la eternidad, que del aburrimiento me encargo yo. No se trataría de tener rutinas, sino de tener tiempo para hacerlo todo y para serlo todo”. Para él, aburrirse no es problema de tiempo, sino de pobreza vital.
A sus 80 años, el autor de "Crónicas del Ángel Gris" sigue reflexionando sobre la vejez sin sentimentalismos: “Sería tonto no sentir que hoy estoy más cerca de la muerte. Antes me podía pasar cualquier cosa; ahora, hay algunas que ya no. Eso duele”.
También habló del amor, ese “milagro” terrenal: “El amor me atravesó muchas veces con dolor y, en otras, con una gran dicha. Eso es lo más parecido a ese cielo que me remarcaba mi abuela y que yo no conozco”. Pero sabe que ese paraíso tiene sus riesgos: “Es parte del asunto del amor estar parado sobre la piedra movediza de Tandil. Uno nunca está seguro. Y quizás hasta nos gusta eso”.
Dolina piensa con el corazón abierto. Y aunque reconoce que vive atormentado, elige no rendirse. Quizás ahí radique su mayor enseñanza: abrazar la vida con todas sus contradicciones, sin perder el deseo ni el humor.