30 de marzo de 2025 - 06:15

La poesía del autor mendocino Adrián Narváez

El ganador del último Premio Vendimia en la categoría juvenil, y dueño de una historia personal que dio a conocer Los Andes hace poco, es autor de dos interesantes libros de poemas.

Entre los ganadores del Premio Vendimia 2024 figura Adrián Elías Narváez, quien con fue distinguido en la categoría Juvenil, por su obra Mañana tal vez no sea así. Pero Adrián Narváez es además un excelente poeta, y hoy quiero referirme a esta faceta de su quehacer literario, que conocí allá por 2016, a través de su libro De espaldas a la marea del tiempo, que me sorprendió por su calidad estética, luego confirmada por un segundo poemario: También nosotros…, de 2019, que contiene un prólogo de María de las Mercedes Gobbi.

Decir que “estamos hechos de la sustancia del tiempo” no deja de ser un tópico reiterado y, en relación con el primer poemario de Adrián Elías Narváez, casi una obviedad, en tanto el título mismo nos enfrenta –antes aún de iniciar la lectura- con esa problemática existencial.

Cuestión que nos lleva a debatirnos entre el ser y el no ser (no ser al menos en ropaje terreno), y son las antítesis “infierno/paraíso; olvido/memoria; pasado/presente” …, al igual que las metáforas náuticas o acuáticas, las que mejor traducen ese sentimiento ambiguo, dual, de “no estar ya del todo” (parafraseando a Julio Cortázar): ese sentimiento de ir dejando siempre algo muy nuestro en el camino; como nos dice el poema “tocata”: “No hay balcones en el cielo / que reciban serenata. / Todo es reminiscencia / en esta guerra contra el tiempo / donde sólo falta que el cuerpo / escupa el alma y la arroje / a las puertas del abismo”.

Logrado en su factura poética, en la perfecta adecuación del fondo y la forma, ya que la métrica libre se asocia con el fluir del pensamiento y lo acompasa, el poemario se estructura en cuatro secciones: “Marea alta”; “Primer retroceso”; “Segundo retroceso” y “Marea baja”. Este sentido arquitectural, constructivo, corre parejo con la profundidad de la temática tratada, que ya el primer poema, titulado “Preludio”, anticipa y resume: “Así somos. / Sangre arrebatada buscando hacer historia. / Luchando por morir de pie / aunque replegados a la orilla del ocaso / donde nos absorberá el olvido / la memoria / o ese sueño gris tras que corremos / de espaldas a la marea”, con lo que el fugit irreparabile tempus es tópico que se reitera una y otra vez y de algún modo confiere unidad al poemario.

Ante esta realidad, la palabra poética parece ser el único vehículo apto para poner un freno a la transitoriedad; “Escribo, luego existo” parece ser el imperativo categórico a que se somete el yo lírico: “No he nacido para vivir / sino para escribir; / para abordar este tren que pasa una sola vez/ y pueda rescatarme del olvido” (“confesiones”). Pero el poema es “canto /merodeando el infierno” (“krinein”) y en su pecado está su penitencia, que es un anhelo de comunicación no siempre respondido por el destinatario.

En el segundo poemario publicado por Narváez se registran algunas coincidencias temáticas, en tanto -como señala la prologuista, “en cada uno de sus poemas atraviesa portales y reinicia el camino”. Pero, como también señala Gobbi, lo hace a través de la creación de “una entidad lírica múltiple”, ese “nosotros” aludido en el título.

Acertadamente el prólogo señala, como núcleos temáticos significativos además de “la miseria, la rebelión, la muerte”, el amor y lo religioso-mítico. Así, en consonancia con el volumen anterior, la sección titulada “…luchamos” contiene una serie de poemas dedicados al “eterno femenino”: la Mujer con mayúsculas, esencializada, bíblica o mitológica, por sobre todo musa, responsable de la génesis del poema porque, en última instancia, “La vida es esta Mujer / que mueve suspiros y halagos / y que al sentirla cerca / el aliento nos arranca”.

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