Hay algo incómodo —y por eso mismo interesante— en la figura deJuanse. No encaja del todo en ninguna categoría. Fue durante años el estereotipo del rockero argentino: desbordado, excesivo, eléctrico, con una devoción casi religiosa por el sonido de los Rolling Stones. Y, sin embargo, hoy habla de fe, de Dios, de redención.
No como pose, sino como experiencia. Habita la contradicción con naturalidad, quizá porque integra cada uno de sus márgenes opuestos en una sola personalidad.
Esa tensión define también a Ratones Paranoicos, una banda que nació, según Wikipedia, en 1983 en Villa Devoto (aunque más abajo, en la entrevista, él dice que comenzó en el 79 y no vamos a contradecirlo) y que terminó convirtiéndose en una de las piedras fundacionales del rock argentino más visceral. Desde sus primeros años, el grupo construyó una identidad clara: guitarras duras, actitud callejera y contestataria, y una imagen que los vincula casi genéticamente con los Stones. Nunca fueron una copia, sino una traducción argentina de ese lenguaje en una época en la que el denominado “rock nacional” comenzaba a sentar bases sólidas.
RATONES-PARANOICOS-EUROPA
Ratones Paróicos actualmente hace giras por Europa y también por el interior del país.
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Más tarde, en los ‘90, cuando el rock nacional comenzaba a abrirse camino también entre lo alternativo, lo pop y lo experimental, Ratones eligió la obstinación: seguir haciendo rock and roll clásico. Discos como “Fieras lunáticas" consolidaron esa estética, incluso con la bendición de Andrew Loog Oldham, una figura clave en la historia del rock británico que trabajó con la banda y reforzó su identidad sonora.
Pero la historia de Juanse nunca fue solo música. O mejor dicho: la música fue siempre el campo de batalla de algo más profundo. Durante años, su figura estuvo asociada a los excesos típicos del rock. Él mismo lo reconoce sin rodeos que conoció “la oscuridad” y llegó a un límite. La conversión religiosa, que para muchos fue un giro inesperado, para él fue una necesidad.
Ese cambio quedó documentado en Juan Sebastián, una película que lo muestra en una faceta impensada para el imaginario rockero: leyendo en misa, estudiando teología, buscando sentido en la fe. Lo interesante es que no hay ruptura con su pasado. No hay negación del rock, ni intento de “corregirse”. Hay convivencia.
Mientras tanto, la vida es un rock and roll
Mientras tanto, Ratones Paranoicos atravesó su propio ciclo de rupturas y regresos. La banda se separó en 2011, en un momento en que parecía haber llegado a un límite creativo. Sin embargo, como suele pasar con los grupos que tienen algo más que canciones icónicas, el vínculo no se rompió del todo. En 2017 volvieron a reunirse con su formación original y ofrecieron un show multitudinario en el Hipódromo de Palermo, una especie de reencuentro emocional con su público.
Ese pulso contradictorio —entre el desborde y la conciencia, entre la caída y la reconstrucción— atraviesa también Rocanrol Cowboys, el documental que repasa la historia de la banda con una mirada menos romántica, en la que más que glorificar el exceso, aparece una idea que funciona como columna vertebral: el rock como forma de vida, pero también como desgaste. La sensación de haber vivido todo demasiado rápido, de haber estado siempre al borde, y aun así seguir adelante. No hay épica impostada, sino una honestidad incómoda, donde el éxito convive con el desgaste físico, los conflictos internos y el paso del tiempo.
Juanse Ratones Paranoicos
Ratones Paranoicos encabeza el line up de Wine Rock.
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Desde entonces, el regreso a los escenarios más recónditos no fue por nostalgia sino por un proceso activo, alternando presentaciones en vivo con proyectos paralelos. Juanse, por su parte, sostiene una carrera que mezcla lo espiritual con lo musical sin pedir permiso ni dar demasiadas explicaciones.
Pero el paso del tiempo también generó un cambio de contexto, el que el rock ya no ocupa el centro de la escena cultural como en los '90 y hoy convive con otros géneros, otras estéticas y otras formas de construir identidad. Y ahí, en el vasto escenario de la música nacional, Ratones sigue más cerca de ser una referencia que una reliquia.
Tal vez porque, en el fondo, el rock and roll nunca fue solo una cuestión de estilo. Fue, y sigue siendo, una forma de atravesar la vida. Y en ese sentido, Juanse encarna algo que va más allá de la música: la identidad viva de un género que no resigna espacio.
En tiempos donde todo parece descartable, donde las carreras se consumen rápido y las modas se diluyen, hay algo casi anacrónico —y por eso valioso— en la persistencia de Ratones Paranoicos. No se reinventaron para sobrevivir ni se adaptaron a la lógica del momento. Simplemente siguieron.
Y mientras el mundo gira sin compasión y la sangre corre sin parar, ellos siguen tocando entre los márgenes contradictorios de la historia, con esa mezcla rara de caos y convicción que define al rock argentino desde hace décadas.
En esta entrevista con Los Andes, Juanse repasa algo de la trayectoria de la banda, recuerda sus últimas presentaciones con Ca7riel y Paco Amoroso, y de cuando venían a Mendoza a tocar en Pacífico.
— Qué bueno este reencuentro de la banda, que ya lleva un tiempo.
—Sí, hace poco… hace 40 años nada más. Pero bueno, en un momento no estábamos haciendo presentaciones juntos. Lo que pasa es que nosotros dimos lo que se llamó “la última ceremonia”, que fue la despedida del grupo. Una despedida que en realidad va a durar lo que tenga que durar, de acuerdo a los lugares donde vayamos, sobre todo donde nunca estuvimos o hace mucho tiempo que no actuamos.
—Tenía entendido que había una separación o un impasse en la banda.
—Sí, eso es una realidad. Pero también, por otro lado, nosotros nunca dejamos de ser una banda en el sentido humano: somos amigos, nos vemos todo el tiempo. Lo que hicimos fue limitar nuestra presencia en lugares donde el circuito estaba muy acostumbrado a recibir shows nuestros. Lo nuestro fue un cierre de etapa, el show de Vélez en septiembre de 2024. Desde entonces, prácticamente estamos en el segundo año de no actuar en Buenos Aires ni en los lugares cercanos. Pero sí estuvimos en Uruguay, en Brasil, veníamos de España el año pasado… y seguimos moviéndonos. Mendoza, por ejemplo, es un lugar donde hacía tiempo que no estábamos.
—Qué bueno tenerlos en el Wine Rock, que ya tiene su prestigio. Pero hace poco estuvieron en Lollapalooza
—Sí, por supuesto. Y el Lolla, en realidad era el que se había suspendido hace dos años. Nosotros ya teníamos contrato firmado y todo quedó cancelado en ese momento. Después, en base a ese compromiso, se retomó. No recuerdo bien si fue por la post pandemia o porque varios artistas se bajaron, pero en esos años cambian muchas cosas, aparecen nuevas figuras que se transforman en megaestrellas.
—Ahí compartiste con Ca7riel y Paco Amoroso. ¿Cómo fue esa experiencia?
—Muy buena. Son muy buenos músicos, de una generación posterior a la nuestra, pero con una proyección muy fuerte. Hoy están entre los artistas argentinos con mayor protagonismo internacional. Y no es algo pasajero, lo vienen sosteniendo hace tiempo.
—Cuando compartís con artistas más jóvenes, ¿Te posicionás desde un lugar más paternal o como un par?
—Eso depende de cada artista, de su personalidad, de la edad, de su recorrido. En el caso de Ca7riel y Paco Amoroso, ellos ya tienen su trayectoria. Si bien tienen proyección internacional, ya están consolidados acá. Compartir el escenario fue increíble con una multitud que hizo que todo se sobredimensione. Cuando escuchás lo que hacen, más allá de que no sea rock and roll tradicional como lo nuestro, es algo sólido. Y cuando sos músico de verdad, te adaptás a cualquier estilo.
—Es interesante cómo ahora el rock and roll pasa a ser lo “tradicional”.
—Sí, incluso está volviendo. Yo voy todos los años a Londres a ver a mi familia, y también porque coincide con giras en España y Europa. Hemos tocado en Londres, en Berlín, yo también fui como solista. Y el rock and roll está teniendo un regreso. Hay cierta saturación de otras propuestas que aparecen de golpe, con buena calidad vocal, buena imagen, presencia escénica… pero el público también vuelve a estructuras más clásicas.
—¿Cómo evaluás los nuevos formatos de festivales que ahora cruzan varios géneros?
—Es que la palabra “festival” se fue adaptando a la cultura joven. Yo no soy prejuicioso con eso. Los formatos siempre cambiaron. Los Rolling Stones, por ejemplo, debutaron en un festival de jazz, que era lo que estaba de moda en ese momento. Después todo evolucionó: explotaron los Beatles, aparecieron nuevas bandas y de ahí surgieron todos los subgéneros del rock.
Ratones Paranoicos (2)
Ratones Paranoicos es una banda que luego de su separación, volvió para quedarse.
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—¿Cómo definís lo que hace Ratones dentro de esa historia?
—Nosotros hacemos rock and roll. El rock después se diversificó: sinfónico, punk, heavy, hard rock. Todo eso son derivaciones. Nuestra influencia viene de Muddy Waters, Humble Pie, Sex Pistols, New York Dolls, los Stones. Pero lo que hacemos tiene una identidad propia. En Argentina se volvió más melódico en cierto momento, con el auge de Andrés Calamaro, y después aparecieron bandas como Guasones, Viejas Locas, y muchas más. Se las encuadró dentro de lo que se llamó “Patria Stone”, pero no necesariamente tienen que ver con nuestro estilo. Yo, por ejemplo, fui productor de Guasones, trabajé con distintas bandas y artistas, grabé con Fito, con Luis Alberto, con Charly, con Pappo, con Andrés… es todo muy variado.
—El rock nacional tiene un peso muy fuerte en Latinoamérica.
—Claro, pero es lógico. En otros países hablan de “rock argentino”. Argentina fue la primera productora de rock en español con composiciones originales. “La Balsa” se toma como la primera canción completa en ese sentido, desde lo musical hasta lo lírico. Antes, en México o Uruguay, hacían covers o cantaban en inglés. Acá se generó una identidad propia. Nosotros somos una banda que surgió en el 79 y se terminó de conformar definitivamente en el 82. Ahora parece lejano, pero para nosotros fue ayer.
—¿Tienen ganas de hacer música nueva o están disfrutando lo ya hecho?
—Nosotros sentimos que ya dijimos lo que teníamos que decir. Pero lo que sorprende es la vigencia. El público se renueva constantemente. Hoy te diría que está casi 50 y 50 entre generaciones nuevas y las de antes. En el Hipódromo, en 2017, ya veíamos que había un recambio del 60 o 70%. Eso también tiene que ver con cómo grabamos nuestros discos.
—¿En qué sentido?
—Muchos de nuestros discos se hicieron en Estados Unidos, con un nivel técnico que permite que sigan sonando bien hoy. Grabamos en Los Ángeles, Nueva York, Memphis, San Francisco. Eso hace que las canciones estén preparadas para cualquier sistema de reproducción. La calidad técnica influye mucho en la permanencia.
—¿Cuánto pesa eso en el tiempo?
—Muchísimo. Cuando una canción está bien grabada, bien mezclada y pensada para el futuro, trasciende. Nosotros trabajamos con gente como Andrew Oldham o técnicos que venían de trabajar con Bob Dylan, Lou Reed, New York Dolls. Eso te marca una diferencia.
—Estuviste en Cosquín haciendo un homenaje a Pappo.
—Sí. Estoy por sacar un disco con versiones. En este caso trabajé mucho sobre las letras, que son increíbles. En las versiones originales, por la energía de Pappo, eso a veces quedaba más en segundo plano. Acá quise darles más protagonismo.
—¿Cómo respondió el público?
—Muy bien. Vengo de una gira por España que fue espectacular, con muy buena producción. Cuando las cosas se hacen bien, se nota.
—¿Qué va a encontrar el público en Wine Rock?
—Vamos a tocar los clásicos, lo que hizo que la gente nos acompañe todos estos años. Después veremos qué pasa más adelante, pero hoy la idea es esa. Durante años tocamos mucho en lugares como el Estadio Pacífico. Mendoza era una parada clave dentro del circuito nacional, junto con Rosario, Santa Fe y Córdoba. Fue una de las primeras provincias donde empezamos a salir de Buenos Aires y a consolidarnos. Es un público muy particular, muy receptivo. Siempre fue importante para nosotros y lo sigue siendo. Ahora volvemos en formato festival, pero todo se recicla, todo vuelve de alguna manera.
—Este festival también cruza artistas y generaciones.
—Sí, y está buenísimo. Compartir con bandas nuevas o con propuestas distintas siempre suma. Nosotros estamos preparados, aunque el ritmo de las giras hace que todo pase muy rápido. Pero a medida que se acerca la fecha, uno se concentra y se enfoca en el show.