César Ponce y sus “Cármenes de lujuria”

Este poemario mendocino de 1930 es una inusual muestra de poesía maldita, revulsiva y provocadora.

Libro (Imagen ilustrativa / Canva)
Libro (Imagen ilustrativa / Canva)

Un lugar destacado dentro de la cultura mendocina ocupan varios integrantes de la familia Ponce; el primero, José Rudecindo Ponce, fundador y director del periódico El Constitucional de los Andes y autor de unos Ensayos Líricos (1945). Uno de sus hijos, Carlos Ponce, se destacó también como narrador y periodista. Como recuerda Gloria Videla de Rivero, su descendiente, “La mayor parte de su obra se encuentra diseminada en diarios y revistas. Fue colaborador de El Debate, de Los Andes, de La Novela de Cuyo, entre otras publicaciones periódicas”. Ha publicado varias obras narrativas: El Dr. Teodoro Silva (1909); Cuentos mendocinos; antaño y hogaño (1924) y “la mejor de sus obras, la novela Termalia (1927) (Recuerdos de familia, 2016: https://bdigital.uncu.edu.ar /11918). Para profundizar en la obra de estos autores, además del citado, existen varios estudios de Gloria Videla de Rivero (1993, 1996), que recomiendo.

Por otra parte, el hijo menor de José Rudecindo, con el mismo nombre, “después de egresar como ingeniero agrónomo de la Universidad de Lovaina, recorrió Europa recopilando los tratados enológicos más avanzados de la época, con el fin de enseñarlos y aplicarlos en nuestro país. Posteriormente fue fundador y profesor de la Escuela Nacional de Vitivinicultura, y miembro del Consejo de Educación de la provincia. En 1897 funda la bodega familiar, que tendrá continuidad en el mercado durante más de 70 años” (cf. http://www.bodegaponcetorres.com.ar/pag/historia.htm).

Otro de los hijos, César Ponce, se casó con Wualcasinda Aguirre. Tuvieron varias hijas, y algunas de ellas se destacaron también en el ámbito de la cultura mendocina, como Adela Ponce Aguirre de Bosshard, quien “cantaba con preciosa voz, con frecuencia lo hacía en los oficios litúrgicos. Era Inspectora de Música en las escuelas primarias de Mendoza y […] creó en Mendoza una escuela de música (la Academia Santa Cecilia) y era además cronista social del diario Los Andes (Videla de Rivero, p. 114).

Otro de sus hijos fue César Julián Ponce Aguirre. No dispongo de muchos datos sobre su persona; en la Enciclopedia de las Artes y las Letras en Mendoza se da como fecha de nacimiento 1900 (creo que el dato no es exacto); otras fuentes indican que fue bautizado en la Iglesia de San Nicolás en 1902. Gloria Videla de Rivero anota en su libro Recuerdos de familia que “he encontrado algunos poemas juveniles en las revistas de la época” (p. 115) de su autoría. César publicó un único libro de poemas, bajo el sugestivo título de Cármenes de Lujuria (1930).

Se trata de un libro compuesto por veinticinco sonetos, es decir, formas poéticas compuestas por dos cuartetos y dos tercetos, en los que ensaya distintos metros. Si bien predominan los versos endecasílabos y alejandrinos, también hay sonetos de arte menor y algunos otros compuestos en versos que, aunque de diversa medida, conservan la estructura del soneto. Completan el volumen composiciones de metros diversos, pero siempre en estrofas regulares.

Si bien los poemas no tienen título, ni hay divisiones internas en volumen, se percibe una suerte de encadenamiento temático en grupos sucesivos de poemas que van modulando las inquietudes del autor: el amor, la poesía, la muerte… El autor adopta, en general la figura del “poeta maldito” (”a veces me pregunto / si yo estaré maldito”), prorrumpiendo en baudelairianos improperios contra Dios: “Dios era refractario a mis designios / de libertad, de ensueños y de amor. / Dios ya no me servía para nada / y tuve que matarlo. Maté a Dios” y contra la “moral burguesa”, desgranando diversas formas del amor carnal, tal como puede anticiparse por el título mismo de su libro.

Justamente, la lujuria aparece reiteradamente aludida: “Lujuria, ama del mundo / emperatriz amada” y la serie de epítetos con que se la celebra preceden a la enumeración de sus “víctimas”, con una clara intención totalizadora de edades y estados: la joven doncella y la monja “en sus noches / desveladas de histeria”, el mancebo y el anciano…

Se trata de composiciones en las que predomina claramente el “yo” el sujeto de la enunciación y que se exhiben como una suerte de confesión autobiográfica, hecha en el momento final: “Pasó la vida, esa fiebre / que se le llama ‘vivir’ / pasó el amor… pasó todo… / ya solo resta morir”. Entonces, el escritor confiesa: “De las pocas cosas que conservo, / andanzas de una vida ya pasada, solo me quedan estos versos locos, / que los compuse entre una y otra lágrima”.

Quizás el autorretrato que abre el libro sea el más elocuente ejemplo de la cuerda en que discurre el libro todo, en cuanto a la forma, el tono, los contenidos temáticos y los recursos expresivos: “Yo tengo la melena de un viejo mosquetero / y unos ojos de chivo, cansados de mirar, / y bajo los mostachos de algún aire altanero, / disfraza mi sonrisa las ganas de llorar”. Al margen de lo convencional de la figura retratada, no significa esto que el mendocino haya llevado efectivamente una vida bohemia, consumía por los excesos, resumidos en el epíteto de “maldito”.

De todos modos, la asunción de esa pose “muy fin de siglo XIX, incluyendo el ya mencionado “malditismo” solo significa que el poeta hace gala de una singular complacencia en mostrar que puede haber belleza aún en lo desagradable y chocante para la moral común. Así por ejemplo, y en relación con esos “amores infernales” que ofician como fondo de todos los poemas, no elude temas como la prostitución y la masturbación, y entona sus cánticos de alabanza a diversas partes de la anatomía femenina, como el Monte de Venus, al que dedica una serie de eróticas metáforas: “ánfora / lasciva y luminosa /…/ jardín de las locuras /… faro / luminoso del mundo” …

Esa actitud “subversiva” llega a oficiar su “misa hereje”: “Era la misa del diablo, / misa de orgía y de pompa, / reflejo de los instintos / de alguna creencia monstruosa”. Además, su poesía exhibe una serie de marcas que lo unen a la lírica decimonónica finisecular, filiación confesa por el propio poeta: “Yo soy de esos románticos que cantan al amor”; herencia que se traduce en la efusión sentimental de un poeta hiperestésico que se refugia en el exotismo de otros cielos y otros tiempos, más propicios para su talante espiritual: “Yo quisiera haber nacido bajo los cielos orientales, / en la corte de un rey persa, nostalgioso y soñador”.

La relación con postromanticismo y modernismo se pone de manifiesto también por la pintura de ciertos ámbitos poblados de ninfas, centauros y los inevitables sátiros, junto a la alusión a mitológicos amores como el de Leda: “Tenía el cisne en los rosados muslos / el cisne blanco que la poseía / y la ninfa entornando los dos ojos / en un dulce deliquio sonreía”.

El decir por momentos se hace llano y por momentos se puebla de referencias librescas, siempre en relación con la temática central del libro: Fausto, Don Juan… en las que el poeta exhibe su enciclopedia literaria. Sin embargo, cuando el lenguaje se asordina en notas más personales y genuinas, y es capaz de captar los mínimos detalles de la realidad, es cuando alcanza mayor calidad estética y mayor autenticidad: “Aquí yace un soñador / que vivió siempre soñando / y en cosas de amor penando, / no vio la muerte rondando / siempre por su alrededor”.

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