No todo cambia

Tal vez el desafío cultural de nuestro tiempo no consista en producir más información, sino en volver a las grandes preguntas. Para ello, los grandes libros siguen siendo una escuela insustituible. Ellos, entre otras cosas, nos muestran que “no todo cambia”.

Vivimos en un tiempo que exalta la innovación y el cambio. La inteligencia artificial acelera procesos y refuerza la impresión de que todo fluye y nada permanece. Pero ¿es realmente así?

Si miramos las raíces de nuestra cultura advertimos que no todo cambia. Los grandes libros, por ejemplo, siguen ahí. En medio de la fragmentación y el consumo inmediato, recuperar la lectura de los clásicos no es nostalgia: es una necesidad antropológica.

Las obras que han atravesado los siglos –de la Antigüedad a la Modernidad– no lo hicieron por azar. Han resistido porque siguen diciendo algo verdadero sobre la justicia, la libertad, la virtud, el bien, la belleza, el sentido de la vida. No se trata de volver acríticamente al pasado, sino de dialogar con una tradición viva. Un clásico, como señaló Ítalo Calvino, es aquel que nunca termina de decir lo que tiene que decir. La Ilíada o el Quijote, por solo nombrar dos obras, hablan de cosas que le han sucedido y le siguen sucediendo a todos los hombres.

Leer estos textos con atención, discutirlos, pensarlos en comunidad, fortalece el juicio crítico y ensancha la mirada. Frente a debates públicos cada vez más superficiales, necesitamos ciudadanos capaces de comprender argumentos, distinguir lo esencial de lo accesorio y pensar con profundidad.

Tal vez el desafío cultural de nuestro tiempo no consista en producir más información, sino en volver a las grandes preguntas. Para ello, los grandes libros siguen siendo una escuela insustituible. Ellos, entre otras cosas, nos muestran que “no todo cambia”.

* Ceferino Muñoz Medina. Profesor de Filosofía. UNCuyo.

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