Una singular viñeta publicada por un diario crítico en los años del régimen paraguayo de Alfredo Stroessner mostraba al dictador en un pequeño bote pescando junto a su ministro del Interior, Sabino Montanaro. El funcionario, famoso por su bestialidad, había atrapado a un pequeño pez y lo cacheteaba ante la mirada complacida de su jefe gritándole: “¡dónde está tu padre!, ¡dónde está tu padre!”.
El partido político que amparó 34 años a esa tiranía, acaba de recuperar el poder. Otro empresario conservador, Horacio Cartes, de la larga serie de magnates de fortunas mágicas que han sobresalido en el liderazgo de ese crisol nacionalista y popular, se alzó con un rotundo triunfo por 45,6% de los votos contra 36,94% del liberal Efraín Alegre.
Como en casi toda la región, al margen de las máscaras que puedan vestirse, en Paraguay la disputa se libró en la misma acera de lo que en términos más antiguos puede definirse como la derecha. Lo que diferenció a ambos bandos fueron los estilos y algún énfasis, de parte del perdedor, en la arrasadora deuda social que acumula ese país.
De este modo el Partido Colorado, la módica versión guaraní del PRI mexicano, que dominó aquel país más de 70 años, volvió al poder que controló durante seis décadas, dos de ellas travestido de demócrata tras el golpe que derrumbó a Stroessner en 1989. La única interrupción de esa autocracia fue la victoria en 2008 del cura Fernando Lugo, quien acabó expulsado de su cargo por un controvertido impeachment en julio de 2012.
El triunfo de Cartes reduce ahora la talla regional de ese movimiento. El flamante mandatario paraguayo se ha reconocido más en la senda del mexicano Enrique Peña Nieto o del colombiano Juan Manuel Santos.
Conviene aquí remarcar que lo que le sucedió a Lugo no fue un golpe, como enarboló el bando chavista. Aquello fue un abuso del Parlamento que quitó del poder nada menos que a un presidente sin darle tiempo ni posibilidades para defenderse y acusándolo con ligereza de la masacre en una finca de 17 personas, entre ellos policías.
Tampoco ese grave resultado institucional nació de un litigio ideológico, como insiste el relato. A Lugo no lo destituyeron por sus ideas, ni por aquellas muertes, ni por una administración que, en verdad, no mejoró a los sectores socialmente más doloridos del país donde 35% de su población ha vivido y siguió viviendo en la pobreza y la indigencia.
El ex presidente peleado sin retorno con el Partido Liberal que lo llevó al poder, se metió de lleno en la interna de los Colorados para buscar un sustento partidario con vistas a las presidenciales fijadas para este año. Lo hizo aliándose con una de las tres líneas internas de esa agrupación, la que encabezaba Lilian Samaniego, una ex socia de Cartes que también tenía aspiraciones presidenciales y se lanzó a disputarle la candidatura.
Esta cruda descripción de ese episodio evidencia que la victoria de Cartes se hizo también sobre los escombros de la retórica hueca de Lugo. Es un ejemplo notable de que el populismo político y su máquina de ilusiones, como un Jekyll y Hyde en el mismo sujeto, incluye en sus genes a la derecha que dice combatir. Siempre después de uno vendrá el otro.
Hay otro aspecto que merece atención. Lugo cae en su peor año cuando una sequía y aftosa contrae la economía nacional más de 1%, cancelando períodos de expansión que en 2010 llegaron a crecimientos de 14%. La ausencia de ese torrente de divisas desnudó la debilidad estructural del modelo. Lugo se quedó sólo. Ese mismo estrechamiento de recursos y sus efectos políticos aparece en la base de la descomposición que exhibe en la región el experimento bolivariano.
El caso venezolano es el más notable: ese gobierno ha devaluado pero bloqueado la salida de divisas, y su presente es de desabastecimiento y una carestía que explican el golpe electoral sufrido por el delfín de Chávez, Nicolás Maduro. La ilegitimidad que le insiste en adherir el opositor Henrique Capriles por la diferencia mínima que anotó en las urnas, gana credibilidad por la frustración que causan los ajustes que estrujan el ingreso de la gente.
Ese país y Argentina tienen los índices de inflación más elevados de la región y virtualmente del mundo. Es así porque utilizan esa escalada como herramienta recaudatoria ante la falta de inversiones que aporten un fondeo legítimo. Al igual que en el caso de Lugo, no es “la derecha” el problema, sino los comportamientos propios que debilitan la gobernabilidad.
Es con esos extremos en su mapa, que bascula la política exterior de Brasil, la mayor economía de la zona, preocupada por los efectos de un extendido escenario de inestabilidad que en el caso de Venezuela advirtió aun desde antes de la muerte de Chávez. De ahí la presión que Brasilia ejerció en Lima para que Maduro concilie con la oposición y evite un choque que la crisis económica torna imprevisible.
La paradoja es que Cartes está lejos de esas calamidades. Arrancará su presidencia con un Paraguay recuperado y creciendo a un impactante 13%. Pero quizá le convendría aprender del colombiano Santos, que puso en marcha un plan para reducir la pobreza con resultados tan extraordinarios que acaba de declarar que "esto es más importante que dar de baja al número uno de las FARC". Y sí, si se distribuye sin fantasías discursivas y menos cinismo, se apagan las causas que hacen posible los conflictos. No debería ser una lección tan difícil de asimilar.