14 de julio de 2018 - 00:00

El viaje de Remedios - Por Luciana Sabina

Luego de liberar Chile, San Martín envió a su esposa e hija a Buenos aires. El viaje, según la autora, no estuvo exento de serios riesgos.

Luego de liberar Chile, San Martín vivió en la incertidumbre durante meses. Carecía totalmente de recursos para trasladarse a Perú y completar la hazaña. El gobierno porteño le hizo algunas promesas pero no sólo las incumplió, además le ordenó traer de regreso al Ejército de los Andes -aún en Chile- para someter a los caudillos locales. Lo cierto es que Buenos Aires no estaba en condiciones económicas de seguir aportando como había hecho hasta el momento. Todo parecía derrumbarse. En este momento crítico, el Libertador, decidió separarse de su esposa, enviándola junto a Merceditas hacia la actual capital. Aunque el matrimonio comenzó aparentemente bien, Remedios fue muy desdichada. Había dejado todo por seguirlo -un mundo de lujos y comodidades- para terminar en nuestra provincia prácticamente sola, mientras su esposo se consagraba a la Patria.

Al partir su tuberculosis estaba tan avanzada que San Martín hizo llevar un ataúd en caso de que falleciera en el camino. Debido a la peligrosidad del trayecto, Remedios solicitó auxilio a Belgrano. El general accedió de buena gana enviando a sus oficiales. Así fue escoltada primero por Gregorio Aráoz de La Madrid y luego por José María Paz. Ambos hacen referencia al episodio en sus respectivas memorias.

"Mi comisión -escribió Paz- se reducía a volver al Desmonchado [Santa Fe] a socorrer a doña Remedios Escalada, esposa del general San Martín, que hacía su viaje a Buenos Aires, y que según noticias estaba sitiada en dicha posta por montoneros e indios. Mi comisión era desesperada de ser cierto el parte que acababa de llegar, y era más que probable que ni yo ni ninguno hubiéramos escapado; sin embargo fue preciso obedecer. He aquí como había sucedido. El general San Martín, que estaba en Mendoza, había dispuesto por razones domésticas, que no es del caso explayar, que su señora marchase a Buenos Aires, a pesar del mal estado del camino. Ella lo había avisado al general Belgrano, quien creyéndola más cercana le había dejado una escolta de cuarenta hombres, a cargo de su sobrino Pedro Calderón (…) habían llegado la noche antes al Desmochado, cuando ya muy avanzada supo que una gruesa división de santafesinos e indios estaba a pocas cuadras de la casa; procuró fortificarse en ella y le avisó al general por un hombre que pudo salir".

El cordobés llegó al lugar con un armisticio -entre Belgrano y el caudillo santafesino Estanislao López, jefe de los montoneros- pero no necesitó mostrarlo, todos ya estaban al tanto y Remedios pudo seguir. De uno y otro lado respetaban a San Martín. "Mucho dio que pensar el viaje repentino de esta señora en circunstancias tan críticas -continua José María- y por un camino erizado de peligros: al considerar la confianza con que el general San Martín la exponía a caer en manos de las feroces montoneras, llegaron algunos a sospechar que estuviese secretamente de acuerdo con los jefes disidentes, y que hubiese obtenido las seguridades correspondientes (…) estoy persuadido de que nada de eso hubo, y que el viaje de su esposa nada tuvo en común con la política". Sobre los "motivos domésticos" que movieron al prócer solo hay especulaciones que, desde esa época, mancillan el nombre de Remedios irresponsablemente. La única certeza es que San Martín puso en peligro la vida de su esposa e hija, pero juzgar esa actitud no es trabajo de la historia, con la que cumplió como pocos.

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