22 de mayo de 2018 - 00:00

El club de la miseria - Por Daniel Peralta

La pregunta es si alguna vez la pobreza se fue de esta tierra, si las villas se evaporaron y todos podemos disfrutar de la abundancia.

La experiencia y cierta sensibilidad latinoamericana hacen que uno dude de todo aquello que tenga tufillo a poder financiero y a condicionamientos que limiten la autodeterminación de los pueblos oprimidos del continente.

No hace falta recordar la United Fruit Company y su injerencia en los asuntos de Centro América o la doctrina de la Seguridad Nacional o el Plan Cóndor y sus efectos en el Cono Sur. Las lecciones de la historia nos ponen en alerta ante las renovadas relaciones con el Fondo Monetario Internacional.

No es extraña la angustia de negociar con la insensible racionalidad de los técnicos del Fondo y la palabra ajuste nos agita los fantasmas del hambre, la recesión y la confiscación de la riqueza supuestamente inagotable de esta tierra bendita.

Angustia y fracaso es lo que golpea a la imagen de Mauricio Macri y su gestión. El fracaso es el del gradualismo que nos protegía de la guadaña que agita la ortodoxia liberal. Cae la imagen de Macri y se fortalece la de la ahora silenciosa Cristina Fernández.

La pregunta es si alguna vez la pobreza se fue de esta tierra que puede darle de comer a 400 millones de habitantes, si las villas se evaporaron y todos llegamos a disfrutar de la abundancia. La pregunta es si el cepo cambiario de Cristina era mejor que la flotación de libertad administrada del dólar que Federico Sturzenegger capitanea con tasas altas y venta de reservas. La pregunta es si la impresión de billetes en la imprenta de Amado Boudou era más efectiva que la escalada de la deuda externa macrista.

Pero sucede que esos pares de preguntas van dibujando las dos caras horripilantes de la misma moneda: el déficit fiscal es la realidad que nos devora el futuro desde hace años. Ahora empezamos a darnos cuenta de eso que los más avispados sabían que iba a suceder ya en 2015, antes de las elecciones y sin importar quien fuera el ganador, si el pichichi Daniel Scioli o el hijo de Franco Macri.

Se sabía que había que salir del cepo de Cristina, se sabía que había que darle un corte a la situación con los fondos buitres.

Días antes de que Ella entregara la presidencia a Federico Pinedo se supo además que habría que devolverle a las provincias el 15% de la coparticipación que habían resignado en los 90 para financiar jubilaciones cuando las AFJP empezaron a recaudar los aportes previsionales y que la ex presidenta siempre retuvo en la Anses, después de que las AFJP dejaran de existir. Ya no quedaba ni siquiera la posibilidad de manotearle el presente a los jubilados.

La mesa de la carestía estaba servida. Pero el ganador de aquella contienda electoral apostó al gradualismo para ir bajando lentamente el déficit fiscal. Pudo sostener la herramienta durante dos años gracias a un contexto relativamente positivo; pero ahora la suba de tasas en Estados Unidos abrió un mejor negocio financiero a los que especulan por el mundo.

Ahora vamos al Fondo a buscar refugio y se nos llena el alma y el cuerpo de preguntas. Al menos cabe el consuelo de que la cuota de afiliados al supuesto club de la miseria nunca la dejamos de pagar, ni siquiera cuando FMI era mala palabra.

Se acabó la revolución de la alegría y la gran pregunta nos aflige a todos: ¿la culpa es del Fondo o de quienes le damos de comer?

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