Voy a empezar la nota diciendo que estoy en desacuerdo con el nombre del baño. No sé por qué se llama baño si el baño es una de las actividades menos frecuentadas de esa piecita con adminículos para hacer confortable el ciclo de la naturaleza. Pero bueno, llamémoslo baño.
Ocurren cosas muy importantes adentro de un baño, algunas mencionables y otras no, pero bien sabemos qué son las no mencionables. Es el lugar donde uno se da cuenta de cómo nos deja el sueño, porque el espejo del botiquín no miente.
Ese desfigurado con los pelos revueltos que muestra es nada más que el reflejo de una realidad. Así somos en ese instante inicial del día. También es el lugar donde uno tiene el primer aviso de la intemperie.
Cuando abrimos la canilla para lavarnos ya las manos nos dan informes sobre la temperatura que existe más allá de la puerta de calle.
Nos lavamos en el baño con todo lo que esto significa y nos requintamos en el baño de tal forma de aparecer lo más humano posible. En estos menesteres las mujeres suelen tomarse su tiempo, y lo que son "cinco minutos para pintarme" pueden llegar a ser media hora con toda tranquilidad.
Nos cepillamos los dientes. No mucho porque siempre estamos apurados y disimulamos con desodorante aquellos espacios de nuestra anatomía que suelen oler menudamente mal.
El bidet nos deja "ano nadados", con ese chorro impulsivo que uno sabe que va a recibir, tiene que recibir, pero invariablemente nos sorprende. La palabra bidet viene del francés bidet, nombre que le pusieron porque había que sentarse con las piernas abiertas, como cuando se monta a caballo.
Pero no es el único chorro. También está el de la ducha. Para muchos es una envoltura reparadora el agua que sale del artefacto, para otros un sacrificio que les cuesta cumplir.
En este menester ocurren circunstancias medianamente curiosas. A algunos les alcanza con ponerse debajo de la flor durante unos pocos minutos y se sienten satisfechos, otros pretenden superar el récord de permanencia bajo el agua y están largo rato sometidos al bombardeo.
Estos últimos son los que contribuyen al ahorro de agua, porque hay varios que van a tener que privarse del baño porque el agua es escasa para que otro pueda disfrutarla todo el tiempo que quiera. Es una injusticia.
El bidet no es el único lugar donde nos sentamos, también está el inodoro. "Inodoro" significa sin olor. No sé por qué le habrán puesto este nombre si es un gran productor de olores, que deben ser amortiguados por los desodorantes creados al respecto que cambian el olor inmundo por el medianamente inmundo.
Se producen efluvios que pasan desapercibidos para quien los produce pero generan arrugamientos de nariz en aquellos que no estuvieron involucrados, porque la actividad es intransferible.
Sobre el inodoro ocurren asuntos líquidos y sólidos. Los líquidos no requieren mayores dedicaciones. Los hombres cumplen la tarea de parados y algunos se olvidan de levantar la tapa del inodoro como si fueran zorros que están tratando de marcar su terreno.
Pero para los sólidos uno debe sentarse y entonces sucede lo mismo que con la ducha, hay quien resuelve el problema rápidamente y están los que se eternizan en el baño. En este último caso suelen munirse de adminículos que le ayuden a sobrellevar la espera: un libro, una revista, ahora el celular.
Parecen estar tan cómodos que lo único que les falta es poner un televisor en el baño, frente al inodoro, por supuesto. Es en la espera del inodoro cuando pueden resolverse asuntos difíciles, parece ser un lugar apropiado para meditar sobre los inconvenientes en el laburo, los trastornos familiares o los planes que uno hace para viajar a países extranjeros donde muy posiblemente encuentre otros inodoros pero tal vez no un bidet.
Estamos pocos minutos del día en él pero son muchos los resultados. Entramos a dejar problemas pero muchas veces salimos con soluciones. El baño, un lugar de la casa que siempre está azulejado. Yo no sé por qué le llaman azulejos si en la mayoría de los casos no son azules.