22 de junio de 2014 - 00:00

El antiimperialismo más caro del mundo

A veces a las palabras no se las lleva el viento. El relato oficial K elaboró una teoría de la historia en la que ellos aparecen como los fundadores de una nueva Argentina que vino a luchar contra el imperialismo. Sin embargo, sus mejores políticas las lo

La reestructuración de la deuda externa argentina gestada durante el gobierno de Néstor Kirchner aunque -como hoy podemos ver- tenía varios puntos débiles o flojos, sigue siendo una de las políticas más interesantes de la década hegemonizada por el matrimonio santacruceño. Por eso, cuando se intenta derivar de las fallas de este primer desendeudamiento las causas que condujeron a la decisión negativa para el país de los tribunales de Estados Unidos, se comete un error.

Lo que sí puede estar más cerca de la verdad es la relación entre el fallo del juez Griesa y las políticas seguidas por la Argentina luego de la reestructuración. Ese tiempo aciago se inició cuando nos “liberamos” del FMI pagándole al contado todo lo adeudado y empezamos a hacer revolución oral por todos lados, lo que nos condujo a esta nueva etapa que vivimos ahora, la del reendeudamiento.

Primer desendeudamiento, el de la alianza con Bush. Pese a lo que narra la historia oficial K, la reestructuración de la deuda externa no fue la obra de la intransigencia de una nación contra el imperio que mediante la denuncia anticolonialista logró imponer sus condiciones a los viles acreedores. Nada de eso es verdad; en realidad la reestructuración se logró con el apoyo decidido de los Estados Unidos y, para más datos, de su por entonces presidente, el republicano y ultraconservador George Bush (h), ese del cual es recordada una foto en la que Néstor Kirchner lo palmea en la rodilla cuando necesitó de su intermediación para salir del default.

Una paradoja conceptual hizo que los intereses de Kirchner y de Bush coincidieran, aunque fuera por las razones exactamente opuestas. Ambos querían debilitar el papel del FMI en las finanzas internacionales. Kirchner porque creía que su papel era el de condicionar toda toma de deuda a una serie de políticas de ajuste antinacionales. Bush porque pensaba que el FMI era el responsable de haber autorizado contraer deuda a países incapaces de hacerle frente.

O sea, uno por considerarlo demasiado duro y otro por considerarlo demasiado blando, lo cierto es que los dos querían quitarle importancia decisoria internacional en las cuestiones de endeudamiento al cuestionado organismo.
Con habilidad, Kirchner supo combinar un discurso interno de tono antiimperialista contra los acreedores y el FMI, pero sin tocar a George Bush (h) mientras mantenía con éste las más cordiales relaciones, puesto que sabía que sin él la reestructuración de la deuda fracasaría.

Segundo desendeudamiento, el de “poniendo estaba el revolucionario”. La segunda etapa del “desendeudamiento” comienza cuando produjimos -siguiendo a la birome o al dulce de leche- un nuevo invento argentino, esta vez desde la política: el antiimperialismo de los nuevos ricos, ese que sólo hacen quienes les sobra la plata o creen que les sobra.

Sólo de esa manera es posible explicar el delirio de sostener que pagándole al contado la totalidad de lo adeudado al FMI (la friolera de diez mil millones de dólares) nos liberaríamos de sus imposiciones, justo en un momento en que el FMI no estaba en condiciones de dar imposiciones a nadie ya que era mal mirado hasta por el emperador del imperio. O sea, en vez de refinanciar la deuda como habría hecho cualquier gobierno normal, nos “liberamos” del FMI pagándole mucho más rápido de lo exigible.

No fue, como el primer desendeudamiento, un acto de racionalidad política y económica, sino un aporte monetario multimillonario al relato con que el kirchnerismo pensaba eternizarse en el poder. Empezó una etapa por la cual estábamos dispuestos a pagar nuestro declamatorio antiimperialismo con “arreglos” hacia nuestros acreedores que hizo saltar de felicidad a los mismos.

No debe existir ningún acreedor en el mundo que no se banque un insulto o un gesto de asco si a cambio le pagan todo lo adeudado. Eso de hacernos los malos en las palabras pero resultar los más mansitos de todos en las cuestiones de cash, no es ningún negocio. Es como si le estuviéramos pagando al imperio para que éste nos permita liberarnos de él. Una extraña y excéntrica teoría.

A partir de allí surgió el relato en todo su esplendor. Fue el que nos llevó a creernos “liberados” en serio y por eso nos permitimos incautar un avión norteamericano que venía al país por pedido argentino. O nos sentimos lo suficientemente triunfantes como para decirles a los acreedores que no habían entrado en el canje, que se olviden hasta del último mango. O hicimos un incomprensible acuerdo con Irán que nos malquistó con casi todos y que ni siquiera Irán se dignó cumplir.

Todas provocaciones más gestuales que reales que nos hacían parecer más malos de lo que somos, como que nos gustara mostrarnos desafiantes en las palabras ya que para los hechos nunca nos alcanzó, como nos estamos cansando de ver por estos tristes días en los que cualquiera parece poder pegarnos, como que se estuvieran cobrando más por lo que hablamos que por lo que efectivamente les hicimos.

En los momentos de la grave crisis de los países desarrollados, a partir de 2008, la Presidenta se dedicó a recorrer todos los foros mundiales para criticarlos mientras se autoelogiaba hasta la parodia por el modelo seguido en la Argentina, al que contraponía como lo bueno contra lo malo.

En vez de utilizar la relativa debilidad de los países más poderosos para aprovechar también nosotros las facilidades que ellos estarían obligados a darse para salir del entuerto, nos mostramos autosuficientes, liberados, no necesitados de nada ni de nadie.

Ni siquiera nos dimos cuenta que mientras ellos reestructuraban las deudas de sus países más afectados obligando al 100% de los acreedores a adaptarse al acuerdo con la mayoría, nosotros seguíamos con la espada de Damocles de los que no habían adherido a la propuesta de reestructuración.

Estábamos tan orgullosos de nuestro soberbio aislamiento que sólo pensábamos en echárselo en cara al mundo aduciendo la muerte del capitalismo y el triunfo de nuestro modelo liberador. Con el tiempo veríamos que las cosas no ocurrieron exactamente así, pero en ese momento la euforia nos impedía ver tanto al árbol como al bosque.

La “toma” de los edificios de Repsol fue el modelo por antonomasia de esta segunda etapa en la que nos creímos que el “verso” y los hechos podían coincidir. Hasta pensamos, y parece que nos lo creímos en serio, que los gallegos deberían pagarnos a nosotros por haberlos expropiado.

Lógicamente, cuando las correlaciones de fuerza cambiaron, terminamos pagándole a Repsol el total de su valor más un adicional por “toma”, vale decir por haber creído que al expulsar con la fuerza pública a los gerentes hispánicos mientras almorzaban estábamos haciendo una revolución similar a la que Lenin hizo cuando tomó el Palacio de Invierno en Rusia o cuando Mao le ganó la guerra al Kuomitang o cuando Fidel y el Che se hicieron con el poder en Cuba.

Así lo vendieron, como una nueva Guerra de las Malvinas o como una segunda independencia de la corona española. Ese fue, el de la “toma” de Repsol, el momento más delirante del kirchnerismo en su versión cristinista, aquel en que supusieron en que había desaparecido toda distancia entre relato y realidad.

Reendeudamiento con la cabeza gacha. Lo que estamos viviendo en los momentos presentes es el intento contrario: el de tratar de acortar la distancia entre relato y realidad porque la separación entre ambos ya empieza a parecer infinita. Estamos perdiendo en el Ciadi todos los juicios iniciados por los extranjeros que echamos de las empresas públicas privatizadas con la sola argucia de mantener inmodificables las tarifas. Y pagándolos sin discutir.

Al Club de París no sólo le pagamos todo lo que pedían sus miembros, sino que debimos “negociar” con ellos para que nos permitieran pagarle. Y ahora -con lo que seguramente es el momento más doloroso de esta gesta de reendeudamiento- debemos bajar la cabeza ante un juez y unos fondos buitres a los que supimos decirles de todo y ahora deberemos, a cambio, pagarles todo.

¿Quién dijo que todo está perdido? Sin embargo, no hay mal que por bien no venga, quizá el tener que tragarnos tanta bronca luego de tanto declaracionismo vacío y de cada vez más efectividades conducentes a favor de nuestros acreedores, nos permita iniciar una nueva etapa más parecida a la primera, a la que realizó Néstor Kirchner cuando decidió salir del default y convocó al mundo en su apoyo, incluso al mismísimo imperio.

En estos momentos en que tanto el jefe del imperio (Obama) como el Clarín yanqui (The New York Times) y hasta el propio FMI están más cerca de la Argentina que de los fondos buitres, tenemos frente a nosotros dos caminos: primero, el de creer que pese a esos apoyos el imperio ha decidido otra vez someternos por nuestros desplantes y proseguir la “resistencia”, aunque no tengamos con qué.

O segundo, el de tejer con inteligencia todas las alianzas políticas necesarias para evitar que el fallo del juez Griesa multiplique sus efectos negativos más allá del inevitable pago por cosa juzgada. 

Todo lo que dijo el gobierno durante esta semana fue pura estudiantina, sin embargo las palabras de la Presidenta en el acto de Rosario marchan en el sentido correcto.

Por Carlos Salvador -  La Rosa clarosa@ losandes.com.ar

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