Un mundo que dialoga cada vez menos

La ONU demuestra ser una organización formal para la observación del desorden a nivel mundial sin mucho margen de maniobra, ni talentos, para imponer una discusión que conduzca a un sendero que desemboque en la paz. Aunque grotesco calificativos tampoco corresponden ante la coyuntura existente.

La Organización de las Naciones Unidas va cumpliendo los pasos que fija el procedimiento de elección del futuro secretario general del organismo mientras a nivel mundial se vive una de las épocas más violentas y temerarias.

La ONU demuestra ser una organización formal para la observación del desorden a nivel mundial sin mucho margen de maniobra, ni talentos, para imponer una discusión que conduzca a un sendero que desemboque en la paz. Aunque grotesco calificativos, como veremos más adelante, tampoco corresponden ante la coyuntura existente.

Justamente, de acuerdo con la Carta de las Naciones Unidas, el objetivo principal del organismo es mantener la paz y la seguridad internacionales. Prevenir conflictos, mediar entre naciones y suprimir actos beligerantes mediante la diplomacia y, en última instancia, el Consejo de Seguridad son los anhelos más publicitados de la organización, caídos en el olvido desde hace un tiempo según los resultados a la vista.

Consecuentemente, la ONU debe tender a la defensa de los principios universales de dignidad e igualdad, además de coordinar ayuda humanitaria ante los efectos de conflictos bélicos, catástrofes de origen natural o pobreza enquistada en muchísimas regiones del mundo.

Y uno de los mandatos más importantes, dentro de los alcances del derecho internacional, es la promoción de tratados y normas que permitan regular las relaciones entre los países (estados), tal vez la falencia más notoria en virtud de la ola de desatinos que abunda en materia bélica, fundamentalmente.

Lamentablemente, dominan a las potencias internacionales personajes poco propensos al diálogo y a la tolerancia entre ideas y modos de pensamiento político. Es válido condenar y combatir la violencia terrorista que viene asolando al mundo desde principios de siglo, fundamentalmente, pero no por ello se deben encarar, a modo de respuesta, acciones bélicas de represalia que muchas veces terminan generando más incertidumbre, destrucción y marginalidad. Ejemplos abundan.

Se puede coincidir con posturas escuchadas en la última y reciente Asamblea General de la ONU calificando al ente internacional como un organismo que ha “fracasado en garantizar la seguridad colectiva y los derechos humanos, permitiendo en su lugar el caos, la violencia y el terrorismo internacional”, como señaló el presidente argentino Javier Milei.

Sin embargo, también debe preguntarse qué se aporta desde las grandes potencias, que deberían ser la base de la seguridad conforme lo marca la ONU, cuando de ellas depende en gran parte la falta de criterio que a la vez se denuncia. El conflicto en Ucrania, por ejemplo, lo originó y mantuvo uno de los países miembros permanentes del Consejo de Seguridad y nadie pudo detenerlo o mínimamente aliviarlo.

¿Tendrá voz y mando la ONU ante un posible conflicto internacional a gran escala? Difícil respuesta que debería tener quien asuma cuando comience el próximo 2027.

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