La ineficiencia en el manejo de la cosa pública y la corrupción parecen ser modalidades cada vez más arraigadas en la política argentina. Lo demuestran hechos y situaciones que no deberían caer fácilmente en el olvido popular, para que sea la ciudadanía la que se encargue de ver y comparar cada vez que es convocada a la elección de sus representantes.
Un artículo de reciente publicación dio cuenta de otra vergüenza para la dirigencia política: el fracaso del costoso soterramiento del Ferrocarril Sarmiento a través de un extenso túnel de 32 kilómetros que debía unir el oeste del Gran Buenos Aires con la estación Plaza Miserere, en el corazón de la capital de nuestro país.
Una obra que fue adjudicada en el año 2006 por el gobierno nacional de entonces, a cargo de Néstor Kirchner, y que acaba de ser definitivamente dejada de lado por la actual administración de Javier Milei ante la evidente imposibilidad de asumir los costos de los demorados trabajos.
La iniciativa era ya válida en aquella época debido a los múltiples inconvenientes que para el tránsito ocasiona la circulación a nivel de los trenes en medio de zonas densamente pobladas. De modo que quedarán ahora definitivamente abandonados siete kilómetros de túnel y nadie sabe qué será de esa especie de monumento al olvido y la desidia que llega hasta la zona de Villa Luro, en la Capital Federal.
El resultado no es otra cosa que barrios porteños y del Gran Buenos Aires arruinados por obras de grandes dimensiones apenas encaradas, como monumentos demostrativos de tantos casos en los que la política se burló, y sigue haciéndolo, de la voluntad popular.
El gasto total registrado hasta el abandono definitivo es de 430 millones de dólares. Sólo la administración nacional de Mauricio Macri puso manos a la obra luego de haberse iniciado con el plan en 2006, pero tuvo que detener los trabajos al tener que ajustar la economía en el tramo posterior al acuerdo con el FMI.
Por otra parte, la licitación y la adjudicación siempre fueron polémicas. La obra era conducida por la empresa brasileña Odebrecht, que terminó constituyéndose en un ícono de corrupción por el pago de coimas en nuestro país para favorecer adjudicaciones a su favor que, como en el caso que nos ocupa, muchas veces terminaron siendo una estafa.
En un contexto actual de paralización de la obra pública en el país, vale el caso del llamado tren Sarmiento de Buenos Aires como triste ejemplo de la burla del Estado hacia los contribuyentes.
Posiblemente este caso puntual sea uno de los tantos que hayan conducido a la actual administración del país a poner un freno a trabajos que, justo es reconocerlo, en muchas oportunidades dieron paso a una indeseable conjunción entre gobiernos de turno y empresas con beneficios mutuos a espaldas de la ciudadanía.
La decisión de encarar obras verdaderamente transformadoras requiere de la buena voluntad de las autoridades, para que no terminen en una estafa a la voluntad popular a favor de contados bolsillos.