Si pudiéramos configurar un patrón de conducta en la conducción de vehículos en la vía pública y ser nosotros, hombres y mujeres al volante, los artífices de nuestro propio destino en materia del manejo en calles y rutas, tal vez las crónicas policiales estarían más despobladas de noticias penosas.
Buena parte de los siniestros viales son evitables y fruto de conductas imprudentes o negligentes.
¿Por qué aumenta la siniestralidad vial en Mendoza? El contexto económico da una mano. Hay una mayor cantidad de vehículos antiguos en circulación y menos acceso a unidades nuevas.
A eso se suma la falta educación vial, que es un aspecto clave para reducir los riesgos.
También coopera en el agravamiento del panorama de la siniestralidad, el mal estado de no pocas calles del Gran Mendoza y de algunas rutas, como el Acceso Sur, entre Azcuénaga y Paso, o en la ruta nacional 7 o camino a Chile.
En las actuales circunstancias hay más incidentes viales en nuestro contexto, algunos muy críticos, con pérdida de vidas humanas o heridos graves que arrastran una secuela dolorosa y prolongada, y por eso se torna imperioso que cada conductor asuma la responsabilidad compartida que le compete para prevenir siniestros de tránsito.
La seguridad vial no depende únicamente de la infraestructura o las leyes, sino principalmente del comportamiento humano, ya que la mayoría de los accidentes son causados por errores humanos, imprudencias o distracciones.
Ahora hay más control de inspectores viales en la vía pública, tanto provinciales como de los municipios, pero los percances viales graves y muy graves persisten, por desgracia. Por desgracia o por la falta de involucramiento de ciertos conductores a la hora de conducir.
Vayamos a un ejemplo práctico, ocurrido hace pocos días, más precisamente el sábado 18, en un cruce de calles del centro de Lavalle.
Una colisión de automóviles dejó al descubierto a un conductor que había quintuplicado el alcohol en sangre permitido en Mendoza, y terminó lesionando a una mujer tras el fuerte impacto. Realizado el test de alcoholemia, el examen arrojó un resultado positivo de 2,55 gramos de alcohol en sangre, o sea cinco veces por encima de lo permitido.
El ejercicio de la responsabilidad que proponemos hubiera sido que las personas, familiares o amigos del irresponsable conductor, le hubieran impedido manejar al comprobar la ingesta de alcohol que había llevado a cabo antes de sentarse al volante de su unidad.
Impedir que una persona alcoholizada conduzca no es solo una acción solidaria, sino una responsabilidad social y, en ciertos contextos, legal, destinada a evitar graves consecuencias civiles y penales. No le podemos pedir al que maneja tras haber bebido que recapacite sobre su proceder, pero muchas veces hay un entorno familiar o de amistad que puede actuar y evitar circunstancias muy desagradables y penosas.