El fallecimiento del arquitecto y sacerdote jesuita mendocino Eduardo Jorge Anzorena (S.J.) en febrero de este año motiva la recordación de un profesional y religioso que hizo mucho por la vivienda social en el mundo.
Hace varios meses falleció el arquitecto y sacerdote jesuita mendocino Eduardo Jorge Anzorena, quien, aunque no muy conocido en Mendoza, su provincia natal, deja para la comunidad el aporte de una vida dedicada al hábitat popular y a mejorar la vida de los pobres. Su abuelo fue gobernador de Mendoza a fines del siglo XIX.
El fallecimiento del arquitecto y sacerdote jesuita mendocino Eduardo Jorge Anzorena (S.J.) en febrero de este año motiva la recordación de un profesional y religioso que hizo mucho por la vivienda social en el mundo.
Nieto de Pedro I. Anzorena, exgobernador de Mendoza, la preocupación de Eduardo Jorge a lo largo de su vida fue impulsar a las comunidades de mínimos ingresos a organizarse para el auto mejoramiento de sus paupérrimas condiciones de vivienda y entornos barriales.
El estudio e investigación de su vida y obra amerita especial interés por su participación desde 1975 en el movimiento mundial del hábitat popular iniciado a mediados del siglo XX por diversos actores internacionales (Naciones Unidas, OEA, órdenes eclesiásticas y ONGs).
También produjo investigaciones que aportaron su legado a la historiografía del hábitat popular.
En Mendoza, el ingeniero Justo Pedro Gascón (ya fallecido) y el arquitecto Alfredo Méndez, experto en vivienda social, lo han recordado en distintas oportunidades, poniendo de relieve la trascendencia para Mendoza por su descendencia familiar.
Tras cursar estudios en un instituto técnico alemán, Jorge ya era especialista en hormigón armado y, antes de ingresar en la Compañía de Jesús, supervisaba una obra de construcción, lo que ya indicaba su futura dedicación a la vivienda digna. Jorge ingresó a los jesuitas en Córdoba, en 1950. Tras sus primeros votos, cursó estudios humanísticos y se trasladó a San Miguel de Buenos Aires para estudiar filosofía. Tras recibirse de arquitecto, llegó a Japón en 1960, a los 30 años.
Obtuvo su maestría en la Universidad de Tokio en 1969 y su doctorado en Ingeniería de Arquitectura en 1973 con una tesis sobre la interrelación del espacio y el crecimiento de los estudiantes universitarios. Durante estos años, también participó en el equipo de planificación de la emergente Ciudad Científica de Tsukuba.
Estuvo en Calcuta con los Hermanos Misioneros de la Caridad de la Madre Teresa. Esta visita, durante la cual conoció de primera mano a los pobres urbanos de Asia, influyó decisivamente en su determinación de hacer todo lo posible por trabajar por los pobres.
En 1975, se reunió con grupos que trabajaban para mejorar la vivienda en barrios marginales de Latinoamérica y emprendió su propio estudio sobre la crisis de la vivienda en Asia. Su vida dio un giro radical en 1977, cuando, tras ser conocido por la Conferencia Episcopal Asiática (FABC), fue invitado a vivir con la Oficina de Asuntos Asiáticos (BAA, posteriormente conocida como la Conferencia Jesuita de Asia Pacífico) en Manila.
Su influencia no se limita a la mejora social y económica de la población, sino que también se extendió al fomento del diálogo ecuménico, en particular con musulmanes y no creyentes.
Es justo reconocer que el padre Anzorena es prácticamente desconocido en Mendoza, pero no se puede negar su valor como referente mundial del desarrollo del hábitat popular.
Su pensamiento y acción es una referencia como legado teórico y espiritual en favor del mejoramiento de los asentamientos o villas miserias y su pensamiento debería ser incorporado a las políticas públicas de hábitat de Mendoza.
También sería auspicioso que el reconocimiento a este hombre se extendiera a la memoria popular colocando su nombre a una calle, un nuevo barrio o algún otro lugar público.