A un año de su muerte, el papa Francisco es cada vez más recordado por el estilo de austeridad, cercanía y paz que impuso a su pontificado de 12 años. Entre muchas calificaciones, se lo exaltó por “su misericordia y los gestos concretos”, según la mirada de sacerdotes y monjas que en el mundo coincidieron en interpretar su derrotero.
También resaltan enfoques religiosos que lo definen por su impronta para imponer “la fuerza del Evangelio, el testimonio de la sencillez y un corazón profundamente mariano y misionero”, es decir, resaltando la figura y rol de la madre de Cristo como promotora de la acción de difusión cristiana.
Desde su base religiosa, que siempre enfatizó en la fuerza del apostolado desde su inicio como papa, en 2013, pugnó por lo que definió como una iglesia “en salida”, es decir, hacia el encuentro de la gente, creyente o no, para atender y entender sus necesidades y vivencias. Fue la inclinación hacia las periferias que tanto pregonó desde su inicio como pastor en la Argentina. Una Iglesia en búsqueda de periferias tanto geográficas como existenciales. Una visión que, además, apuntó a renovar y fortalecer la impronta pastoral en cada iglesia o comunidad parroquial a partir de aquella famosa y sana exhortación a “hacer lío” con la que sorprendió en su primer viaje.
Vale también recordar que su arranque pastoral fue en Lampedusa, la pequeña isla italiana representativa del drama de la migración de pobres y marginados a través del Mediterráneo.
Sus incursiones en temas de la agenda mundial, bastante frecuentes, apuntaron al bien común por encima de orientaciones políticas. Ejemplos fueron su encíclica “Laudato sí”, pronunciamiento en el que equiparó el cuidado del medio ambiente con el respeto religioso a la creación. Y por añadidura, la búsqueda permanente de cercanía con otras religiones monoteístas, como la judía y la musulmana.
Sin perder la prudencia, para no promover cambios bruscos, el papa Francisco también valoró el rol de la mujer en puestos trascendentes del Vaticano, extensivos a un papel activo en el quehacer cotidiano de la Iglesia en su faz universal. Fue uno de los pasos dados con lucidez para lograr mayor cercanía por parte de la gente con la fe cristiana, lo cual quedó de algún modo reflejado en la multitudinaria despedida popular de sus restos, durante varias jornadas.
Remarcando frecuentemente que “los pobres son el corazón del Evangelio ”, denunció sin cesar lo que definió como cultura del descarte, apuntando para ello al egoísmo en lo económico y a la indiferencia mundial.
El papa argentino siempre será recordado por enseñar a buscar y consolidar la fe en cada experiencia de vida, lo que lo diferenció de la impronta academicista que impuso su antecesor, Benedicto XVI.
En un mundo al mando de personajes cada vez más delirantes y belicosos, el mensaje de Francisco es un manantial de esperanzas para no dejar de creer en que un futuro mejor sigue siendo posible.