Los modelos políticos autoritarios, tanto a derecha o izquierda del arco político normal, tarde o temprano tienen un final abrupto, producto del agotamiento del modelo, generalmente marcado por una excesiva permanencia en el uso del poder por parte de quienes ha venido ejerciendo el liderazgo.
Un ejemplo de dicha carencia acaba de producirse en Hungría, donde el primer ministro derechista Viktor Orbán fue ampliamente superado en las urnas por su competidor, Péter Magyar, que obtuvo un triunfo contundente que le permitirá formar nuevo gobierno con una útil mayoría parlamentaria.
Probablemente, el voto contundente de un mayor porcentaje de húngaros haya puesto a tiempo el límite a las ambiciones políticas del líder derrotado, que con un estilo cada vez más confrontante seguramente pensó en perpetuarse en el poder de su país sin tener en cuenta que la vigencia de la votación libre y democrática es capaz, como ocurrió el último domingo, de poner freno a desmedidas ambiciones políticas.
Insistimos con que no se impone la ideología sino la metodología, ya que en el caso puntual de Orbán lamentan la derrota líderes de la talla de Donald Trump, que pidió a viva voz el voto de los húngaros, y Vladimir Putin, simpatizantes de su estilo de hacer política y de la continuidad en el cargo, como ocurre también en el caso del líder ruso. Hasta el presidente argentino, Javier Milei, en su derrotero internacional a favor de las derechas extremas, supo sumarse en estos dos años de gestión a la tribuna fervorosa de adictos al caudillo derrotado.
Precisamente, la vigencia del voto democrático permitió un cambio político fundamental en Hungría antes de que la permanencia en el mando pudiese tentar a Orbán a ensayar cambios que pudiesen asegurar aún más su continuidad. Según las crónicas del domingo electoral reciente, un reconocido escritor y poeta húngaro sostuvo que la sensación del último domingo le recordó estar presente en la capital de Budapest durante el impactante colapso de la Unión Soviética, que sometió a ese país y a muchos más en Europa durante cuatro décadas el siglo pasado.
Orbán, que con el tiempo en el poder fue radicalizando su postura de derecha hasta afianzar el sesgo dictatorial que le costó la reciente derrota, con su caída también representa un golpe feroz para el líder ruso Vladimir Putin, que utilizó al húngaro para justificar la invasión a Ucrania sembrando discordia en el corazón de Europa.
En el difícil e incierto contexto internacional actual el resultado de la votación del pueblo húngaro ratifica, siempre a tiempo, la vigencia de las instituciones democráticas como sostén de la voluntad popular para calificar a sus autoridades y, como se ha visto, elegir cambios de rumbo basados en el sentido común.