Los imprudentes conceptos vertidos por el presidente argentino, Javier Milei, contra su par brasileño, Lula Da Silva, en el reciente lanzamiento de la campaña presidencial del derechista Flavio Bolsonaro generan un inapropiado conflicto diplomático entre países que en base al diálogo y a las coincidencias comerciales comparten la tracción económica de esta región.
Entre otros desmedidos conceptos, Milei calificó a Lula Da Silva de “presidiario” y “basura socialista”. También lo acusó de financiar la campaña anti Argentina que se viralizó después de la final del Mundial de fútbol. Como lógica respuesta, el canciller brasileño llamó al embajador argentino para expresar su disgusto por lo que correctamente llamó “improperios”.
La imprudencia del presidente argentino se completó al tratar de ladrón a su par brasileño, una definición que exacerba tensiones bilaterales ya existentes en el marco de la disputa ideológica que se viene registrando en las distintas elecciones presidenciales de la región.
Nos encontramos ante un conflicto político impensado y que rompe la histórica tradición de buen vínculo entre ambos países en las últimas décadas. En ello fue fundamental la inspiración y creación del Mercosur, surgida a partir del acuerdo de los entonces líderes de ambos países, Raúl Alfonsín y José Sarney.
Por ello la respuesta del gobierno de Brasilia es la más dura de los últimos años y se concretó llamando a consultas a su embajador en Buenos Aires y citando al embajador de Argentina en aquel país para dar explicaciones sobre los dichos de Milei ante la Cancillería brasileña.
Además, voces de analistas han coincidido en que el resultado desde una mirada geopolítica termina siendo perjudicial para la Argentina, al ser agredido el gobierno del principal socio comercial de nuestro país en la región. No se aplicó la prudencia que siempre debe existir aun a través de la crítica. Una descalificación personal como la que produjo Milei constituye un grave error desde el terreno diplomático.
Como ya hemos señalado, se trató de un arrebato que va absolutamente en contra de los principios inspiradores que trazaron el camino común elegido en lo comercial, inspirado en la necesidad de terminar con la histórica rivalidad entre ambos países y, por ende, fomentar la confianza mutua entre naciones.
Este lamentable y desagradable incidente reabre, además, el debate sobre las formas de expresión en la función pública y los problemas que se generan en el plano diplomático cuando los responsables se apartan de los principios básicos de la sana relación entre los pueblos.
Si bien resulta válido que un jefe de Estado respalde la candidatura de un dirigente afín en lo ideológico, se debe saber que las ideas políticas y sociales sólo deben promoverse mediante el respeto al diálogo, nunca guiadas por la fobia y la intolerancia.