Tengo dos momentos en el Club Agua y Energía. El más antiguo se remonta a mis 10 años. Mis viejos me mandaban a la escuela de verano, cuando el club funcionaba con todas sus instalaciones en condiciones.
Tengo dos momentos en el Club Agua y Energía. El más antiguo se remonta a mis 10 años. Mis viejos me mandaban a la escuela de verano, cuando el club funcionaba con todas sus instalaciones en condiciones.
La pileta olímpica, las canchas, el sector de parrillas y el salón de fiesta tenían los achaques propios del abandono, pero se mantenían en pie.
Más tarde, como estudiante del Colegio Universitario Central, pude volver al Agua y Energía para cumplir con mis horas de educación física. El salón de fiestas había sido clausurado, el sector de parrillas ya entraba en su destino inevitable -playa de estacionamiento-, la pileta olímpica lucía las paredes descascaradas y una laguna de agua verde.
Las canchas, en las que grité campeón por primera vez jugando al fútbol, mostraban la pintura salteada en el embaldosado mixto que se acercaba más a un mosaico que a un rectángulo deportivo. Las tribunas, de madera, tenían paréntesis importantes. Era el eco del club que alguna vez fue.