22 de abril de 2018 - 00:00

Domingunes - Por Jorge Sosa

Son placenteros los domingos, para todos los que no lo trabajan, porque nos asombraría saber la cantidad de gente que trabaja en un domingo. Pero para los que no tienen obligaciones, son especiales.

No sé si los domingos podrían catalogarse dentro del descanso, porque es en domingo cuando uno se ocupa de actividades domésticas que no encontraron un espacio durante la semana para ser resueltas: una pared que merece renovar su pintura, el pasto del jardín que ya parece una selva tremenda, la canilla que gotea, el techo que gotea, la medianera que tiene agujeros por donde se puede contemplar toda la actividad de los vecinos y, lo que es peor, ellos la nuestra. Uno puede cansarse más en un domingo que en un día laboral.

Para la doña de la casa, el domingo es la responsabilidad de la comida. Porque es día de juntada, vienen los hijos a casa y hay que atenderlos de una manera gastronómica. De ahí arriban los gustos y preferencias que se desarrollan encima de las hornallas y que transforman en ídola a la gestadora, de ahí el concepto de que "no hay comida como la de la vieja".

Es día de reunión y a veces se arman unas juntadas enormes como si fuera un remedo de Navidad y son tantos los comensales que no es fácil dejar conformes a todos. Dicen que mientras se mastica no se habla, pero en estas reuniones nadie para de hablar, entonces se crea una nube de murmullos donde es imposible distinguir alguna carcajada de vez en cuando o una puteada de cuando en vez.

Muchos aprovechan el domingo para salir. Siempre con el objetivo de comer. Pero los que salen cambian de responsable de las manducaciones.

Ahora es el padre el que debe encargarse del asado. Se sube a la chatita todo lo necesario y aún lo no necesario, porque no me digan que el perro y el gato son necesarios, y se parte a buscar algún lugar de la geografía provincial para producir el asentamiento. Hay familias que ya tienen sus lugares habituales, el mismo lugar al lado de una ruta, bajo algún arbolito protector, y sabiendo en qué lugar está el baño silvestre.

Otros van variando de paisajes, pero salen a disfrutar y conocer. Es entonces un lugar común la siesta del asador, después de haber cumplido su tarea, sobre una reposera que apenas aguanta la suma de sus adiposidades, las que se desparraman por el costado de la reposera como colgantes de carne.

El domingo es muy especial. Es un momento gregario, de unión. Por eso es tan jodido el domingo de los solitarios. Los vagos se encuentran con un montón de tiempo libre y no encuentran con quién compartirlo. Entonces el día se pone encima una pátina de tristeza y no hay forma de superar la situación.

Pero hay un momento del domingo en que todo lo descripto cambia, se transforma, adopta características dramáticas: hablo de ese momento del ocaso del domingo en el cual uno se da cuenta de que al otro día será lunes. Es cuando uno comprende que las obligaciones se acercan otra vez y que al otro lado de la noche que se viene, llega otra vez la rutina.

Es un momento difícil de sobrellevar porque invariablemente el lunes nos va a alcanzar y entonces uno pierde instantes hermosos del final del domingo para pensar en el futuro. Es cuando el domingo pasa de la certidumbre del descanso en la mañana, a la incertidumbre del trabajo al atardecer. Es decir se fusionan los conceptos de domingo y lunes y empieza a ser un domingunes.

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