Un señor va al odontólogo y le dice al profesional: -Doctor, deme algo para los dientes. -¿Tiene dolor? -No, tengo hambre. En algún momento de nuestras vidas tenemos que visitar al odontólogo y no es tarea fácil. Primero porque implica un dolor, un dolor de dientes o de muela, elija usted cualquiera de las posibilidades. Es uno de los dolores más aterradores que uno puede sentir. Dan ganas de darse la cabeza contra la pared y que duela más el golpe que la muela.
Suelen ocurrir los fines de semana, cuando encontrar un odontólogo de turno es más difícil que estornudar bajo el agua y son de esos dolores que no te permiten hacer nada porque tenés todo el cuerpo y la mente concentrados en el dolor.
Entonces… al lunes siguiente, al consultorio. Invariablemente cuando uno va al consultorio eso que le dolió tres días de una manera espantosa, no le duele. Es una de las leyes de Murphy.
El consultorio de un dentista está adornado para que uno pase la capilla, el momento anterior a la fase de tortura, de una manera plácida. Es una contradicción: por adentro está lo que tememos y nos ponen por afuera adornos para que disfrutemos, salvo las revistas. Las revistas de los consultorios médicos y odontológicos parecen sacadas de la sección más antigua de la hemeroteca que existe en la Biblioteca San Martín. Uno puede encontrarse con ejemplares que reflejan el cumpleaños de quince de Mirtha Legrand, o una crítica elogiosa del último recital que dio Carlos Gardel en un teatro de Buenos Aires. Son tan viejas como el dolor de muelas, precisamente.
Y uno, en ese recinto, trata de mantener la compostura, que no se le note que está medianamente nervioso. Entonces hace como que lee pero está pendiente de lo que está ocurriendo adentro. Es cuando los ruidos metálicos siempre lo predisponen malamente, porque siempre hay ruidos metálicos y cuando el facultativo enciende el torno para iniciar su tarea, ese sssssssshhhhhhhhhhh de la máquina nos pone no solo los dientes, también los pelos de punta.
Pero el momento más trascendental es cuando aparece la ayudante del odontólogo para decir: “Adelante, Rodríguez”, y uno mira alrededor esperando que entre los que esperan haya algún otro que se llame Rodríguez, pero no, es él nomás. Le ha llegado el turno. Que es cuando entra en una habitación confortable, bien atendida, con un sillón que aunque no sea así, parece, da la apariencia de ser el sillón de los sacrificios.
Uno se sienta ya con los cachetes fruncidos y se enciende una luz poderosa que te da en la cara de pleno, que te hace pensar que van a tratar de hacerte confesar algo que no cometiste. Y ahí comienza el asunto. El dentista empieza a conversar de cualquier tema con tal de distraerte de lo que está ocurriendo y mientras manipula unos estiletes con punta en gancho que ya con verlos te amedrentan.
Y comienza a hacer las tres únicas cosas que puede hacer un ser humano en esas circunstancias: aguantarse el tratamiento, enjuagarse y escupir. No puede hacer otra cosa. Es más, deberá aguantarse las ganas de trompear al facultativo, sabe que él no tiene la culpa de tener la culpa.
Uno de los momentos inevitables de tales tratamientos es cuando el que manda dice: “Le voy a tener que hacer un poco de anestesia”. ¡Ay, mamá! Uno que siente miedo cuando le van a pinchar una nalga ¡qué miedo puede llegar a sentir cuando sabe que lo van a pinchar nada menos que en el paladar! Hay que tener más coraje que las tropas de Facundo Quiroga cuando fueron batidas en la Batalla de La Tablada.
Aunque uno trate de estar relajado está medianamente tenso durante toda la sesión y trata de disimular con una sonrisa que no le sale por la anestesia. Hasta que por fin se termina la sesión y el médico le da permiso para volver a ser libre.
Cuando uno se va, recién cuando está a unas cuadras del consultorio, aunque no pueda chiflar ni hablar normalmente, es cuando se acuerda de agradecerle al odontólogo por haberle quitado en media hora el dolor de muelas que lo tuvo en el aire durante tres días. Recién ahí. El tipo es un desagradecido.